jueves, 1 de noviembre de 2012

El Tiburón Volúmen 2



Hace un par de años, reunidos con unos amigos, vodka va vodka viene, gastados todos los temas de conversación, los chismes y los chistes agrios, salió por ahí un: "contemos historias de miedo".

Como mi leyenda estrella es "El piso 13 de El Tiburón", la conté de principio a fin asi igualito como está en el post anterior. La cara de uno de nuestro amigos en particular empezó a cambiar conforme iba avanzando mi historia. Pero no era el miedito mezclado con duda y curiosidad acostumbrado, no, era terror verdadero.
Cuando ya no pudo mas, me interrumpió y a punto de llorar, nos contó su experiencia, la cual había pasado desapercibida hasta ese momento.

Nuestro amigo, que dicho sea de paso es bastante confiable, estaba sobrio y nunca se lo ha cogido en una mentira seria, empezó con su relato.

Unos años atrás, él y tres amigos más decidieron a última hora salir de Guayaquil y caer en una fiesta esa noche en Salinas. Como no habían planeado nada, hicieron un par de llamadas y consiguieron que una amiga les preste la llave del departamento de la familia, advirtiéndoles que seguramente estaría con mucho polvo, y medio descuidado porque no iban en años.

Los chicos viajaron a Salinas, llegaron a la fiesta, se divirtieron a mas no poder y a las tantas de la madrugada llegan al departamento prestado.
En ese momento se dan cuenta que ninguno tenía las llaves, y después de echarse la culpa entre ellos y quejarse porque ninguno quería dormir en el carro, pensaron que de pronto el guardián tendría una copia.

Entran al edificio, le cuentan al parco y callado guardián lo que les pasó, y éste sin contestarles nada, con cara inexpresiva de acostumbrado a tanto hijo de papá borracho pidiendo lo mismo cada vez y cuando, los llevó al ascensor, bajaron en el piso indicado, les abrió la puerta y así igual de parco, se dio media vuelta y se fue. 

El departamento estaba en la oscuridad total, pero muertos de sueño como estaban, no le dieron importancia a la falta de luz, y cayeron secos dormidos, cada uno donde pudo.  

Horas después, cuando se fueron despertando, se dieron cuenta que el curioso departamento estaba decorado como las típicas fiestas de Halloween: cabezas de muñecas colgando de las lámparas, telarañas por todos lados, botellas a medio tomar, vasos en el piso, y extrañamente las paredes pintadas de negro.

Bajaron con la idea de ir a desayunar un ceviche donde Victor Andrés, mientras comentaban la buena farra que los dueños del departamento se habrían pegado, cuando al llegar al lobby del edificio, se topan con el guardián de la mañana que los increpa sobre quienes eran y qué hacían allí.

De nada sirvió explicarle que se les perdieron las llaves y el guardia de la noche los ayudó a entrar, porque resulta que el hombre con el que hablaban les indicó que él había estado toda la noche, que nunca los había visto antes, que ninguno de los guardias tienen llaves de los departamentos, y que llamaría a la policía porque seguramente eran pelafustanes que se metieron a un departamento sin autorización!

Los chicos se fueron indignados porque la duda ofende, y solo se les pasó el coraje con el ceviche.

Ya en Guayaquil, nuestro amigo confiable nos cuenta que fue a la casa de la amiga, a pedirle disculpas por perder la llave, ofrecerse a pagar por una nueva, y para "romper el hielo" hizo chiste de lo increíble y divertida que es su familia por decorar el departamento con tanta creatividad.
La amiga con cara "de pocos amigos" le preguntó si estaba borracho? que el departamento era de su abuelita católica, apostólica y romana, y que jamás se le ocurriría hacer "farra de Halloween". 

Aquí es cuando nuestro amigo entra en shock y antes de colapsar del terror nos cuenta que el departamento de la amiga era el 12 A y ellos habían dormido en el 13 A, algo que le pareció una simpática confusión, hasta oír mi historia, unir cabos, y vomitar todo el vodka.

Quién era el callado guardia que los guió al piso 13, les abrió la puerta y desapareció? Acaso el MINOTAURO disfrazado de hombre?  Un misterio sin resolver.

P.D. La foto no tiene mucho que ver con la historia, pero me gustó el tétrico muñeco, igualito a las cabezas colgadas de las lámparas. 
Fue tomada en una casa abandonada de Playas.... tal vez sea el comienzo de otra leyenda.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El piso 13 de El Tiburón


La mayoría de los guayaquileños asiduos a Salinas, sabemos muy bien que el edificio Tiburón es uno de los más antiguos de Salinas, que es el mas alto de la península, y que no tiene piso 13. Pero pocas, poquísimas personas, conocen la leyenda que encierra este emblemático edificio.
Siendo propicia la fecha, y en honor a que hace exactamente 26 años la escuché por primera vez, he decidido contarla sin fogata ni linterna en mano.
Pero primero lo primero.
Erase un 31 de octubre de 1986, cuando 6 pre adolescentes aburridos nos sentamos en el parque de Las Dunas a contar por turnos historias de miedo. La Dama Tapada y el Tintín eran un chiste para nosotros que estábamos acostumbrados a "Poltergeist", "Aliens" o "A nightmare on Elm Street", así que cuando alguien insinuó algo acerca de la leyenda del edificio, conspiramos entre todos y nos llevamos la Blazer de mi papá, derechito con rumbo a Chipipe y parqueamos frente al edificio El Tiburón.
Cuenta la leyenda, que hace muchos años, cuando el país estaba militarizado, el sobrino de un altísimo mando del ejercito, dio tremenda fiesta de Halloween un día como hoy.
El piso 13 se convirtió en un terrorífico escenario, en donde desfilaban brujas, diablos, y monstruos rodeados de pastillas y polvos mágicos. 
Ya entrada la madrugada, apareció un magnífico minotauro, dejando a todos los aún conscientes, perplejos por tan perfecto disfraz.
Mientras se preguntaban quién estaría debajo de ese atuendo, los ojos del minotauro se prendieron como el fuego, y enfurecido se fue encima de los invitados con patadas y golpes certeros que acabaron con la vida de algunos.
Los mas valientes que escaparon de la masacre lograron acorralar a aquel monstruo, pero de un salto se lanzo por el tragaluz de la escalera y desapareció ante la mirada atónita de todos.
Nada se publicó. Se logró callar a la prensa y mantener el honor de la familia intacto, ya que los militares no creen en aparecidos, sino en secuestradores y sicarios en medio de una orgía matizada con drogas y rock & roll.
La leyenda dice que por lo menos uno murió de severos traumatismos y otro se lanzó del balcón huyendo del minotauro, convencido de que su traje de Superman lo haría volar.
En todo caso, cierto o no, los dueños del departamento ordenaron tapiar ventanas y puertas, pintarlo íntegramente de negro en señal de luto, y clausurar el ascensor para que jamás volviera a detenerse en el piso 13.
Y al llegar a este punto de la historia, aterrados como estábamos, dentro del carro, con los vidrios arriba y los pelos de punta, salió la famosa frase: "Te apuesto a que no subes a ver si es cierto que no hay piso 13"....cuando de pronto, y esto si lo aseguro porque fui testigo presencial, juro por mi vida que escuchamos 3 golpes durísimos en el parabrisas. Cuando nos viramos, acompañados del justificado griterío, habían tres burbujas enormes chorreando en el vidrio. Siguieron los gritos ensordecedores acompañados de un : "Es la baba del minotaurooo"
No sé cómo no morimos ese día, de terror y de imprudencia, con el pobre chiquillo que apenas sabía guardar el carro en el garaje, manejando despavorido a 160 kms/h , mientras los pasajeros gritábamos y llorábamos aterrados.
No sé exactamente qué fue lo que cayó en el parabrisas, no sé que parte de la leyenda sea verdad, no me acuerdo ni siquiera quienes estábamos en el carro ese día aparte de mi hermano y yo.
De lo que si estoy segura es que esta historia logró dejarme sin dormir muchos años, me dio horas de diversión en las fogatas, y me ha mantenido alejada de aquel edificio.

Sin embargo, desde la playa, a una distancia bastante prudencial, veo que extrañamente siempre se posan un par de gallinazos en el piso 13 mientras los demás dan vueltas alrededor, como oliendo la muerte cerca.

martes, 23 de octubre de 2012

La Mueblería


Esta es una historia real, basada en algunas fuentes fidedignas y otras no tanto: mi intuición que suele no fallarme, hechos de los que fui testigo, chismes de los vecinos, y crónica roja de un periódico de pueblo.
Por lo menos tres veces a la semana paso por este lugar, y no dejo de pensar en todo lo que dicen las fuentes antes mencionadas que allí sucedió, así que ya no me aguanté las ganas de compartir la historia.


Todo empezó hace unos 13 años, cuando buscábamos muebles para nuestra nueva vida en la playa. Con poco presupuesto y hartas exigencias (como todo personal de clase media que se respete), encontramos una mueblería de bonito nombre y buenos acabados.

El hombre que nos atendió se identificó como el dueño, y aunque en ese momento no me llamó nada la atención en él, dados los hechos que sucedieron después, recuerdo algunos detalles: feucho, manos duras llenas de callos, cortes y goma, treintañero, pausado al hablar y con la cabeza medio agachada esquivando la mirada. Me pareció bastante tímido, pero como no lo quería para marido sino para ebanista, pusimos en sus manos varias fotos de camas, aparador, bufetero y otras cuantas cositas que debían quedar IGUALITAS a las fotos, y con los materiales ofrecidos.

Y así fue que, mientras iba, me le instalaba, lo presionaba para que no se pase de la fecha, lo hacía cambiar colores, materiales, y muchos etcéteras de mi adorable personalidad, vi entrar un día al taller a una atractiva rubia, altísima, flaquísima, de grandes ojos azules y nariz perfilada, que pensé sería una modelo-cliente, pero resulto ser la callada y seria esposa.

Mis visitas al pobre hombre se hicieron muy seguidas, pero la verdad es que me importaba más la historia detrás de ese matrimonio que la litera donde dormirían mis hijitas.

El día que le escuche el acento colombiano a la mujer, y la vi entrar de la mano con un chiquito igualito al padre, me armé la historia en mi cabeza, la cual incluía interés económico, la búsqueda de una vida tranquila lejos de la guerrilla, fallas de la píldora, etc.
Cuando casi estaban listos mis muebles, apareció en escena otra rubia, pero esta en cambio curvilínea, alegre y con la cumbia en la piel. Ahora la historia en mi cabeza tenía nuevos ingredientes: barra, frontera, sin papeles, triángulo amoroso.


Para mi mala suerte me entregaron los muebles y ya no tuve pretexto de atormentar al hombre con mi presencia diaria, así que se quedó truncada mi historia, pero solo unos cuantos años.

Quien diría que media década después me enteraría de casualidad de los hechos macabros que se dieron en esa mueblería, algo que hubiese sido un buen argumento para mi novela policíaca, si supiera como escribir una.

Cuenta la leyenda que esto fue lo que pasó:


La rubia flaquísima efectivamente era la esposa que se casó con el ebanista, ella por interés y él por pantalla, y viendo que el negocio era próspero, mandó a ver a su hermana, la rubia curvilínea, para que la ayude a sacarle plata a su trabajador y tacaño marido.

Un día llega de visita el mejor amigo del ebanista, visto con malos ojos por las coloradas, no solo por no perder la costumbre típica de las mujeres contra los amigotes de nuestros esposos, sino porque lo nombraron Contador, y empezó a ajustar a las botarates estas. Macro error.

Así empezó la cruenta pelea de todos los días en los que se inculpaban mutuamente faltantes de dinero, amenazas de “o él, o yo” y viceversa. Sí, leyó bien, parece ser que el mejor amigo y Contador, compartía mas que el Debe y el Haber con el ebanista.

Llegó la noche en que la esposa no pudo soportar mas la humillación, empacó sus maletas, cogió al muchachito y se despidió para no volver. Eso sí, amenazando que de no recibir una buena cantidad por su silencio, lo suficiente para rehacer su vida en alguna isla caribeña, que el muchachito vaya a una buena universidad, y la renovación semestral de ropero, divulgaría las preferencias del esposo a diestra y siniestra, con aumentos coloridos y todo.

El ebanista no soportó las amenazas, ni que se lleven a su pequeño sucesor ebanista en proceso, y en un ataque de ira descontrolada, sacó un revólver y le propinó un par de balazos a la rubia flaquísima.  

Aterrado y arrepentido de ver muerta a la madre de su retoño, decidió acabar con su vida allí mismo, junto al cuerpo inmóvil de su esposa.

Pero como la vida es así, tan extraña que parece película, la historia tuvo otro final.

Resulta que los vecinos alertados por los disparos llamaron a la policía, a la ambulancia, a los periodistas, a las comadres, etc, y cuando llegaron todos, comprobaron la muerte instantánea del ebanista, pero la chica aún estaba con vida, la llevaron a la clínica, se recuperó de sus heridas y se fue sin rumbo fijo cuando la dieron de alta.

No sé más, me hago mis historias sobre la flaca y su nueva vida, el niño y sus traumas, el local de la mueblería que hoy es un Centro de Culto Evangelista, y nada tiene final feliz, asi que mejor relato lo que sé, porque lo que me invento termina siendo muy parecido a la realidad.

lunes, 18 de junio de 2012

Mi Isla Encantada





Nunca tuve 39 años porque solo cumplo números pares, sin embargo hace un par de días, mientras todos celebraban el día del padre y yo me negaba desde hace tiempo a cumplir los 40, pensé seriamente cumplir por dos años consecutivos, nuevamente 38.

Sin importar la edad, yo ya tenía planeado el regalo que quería: amanecer con la tribu en una isla desierta, cosa que no les hizo nada de gracia, ya que no hemos tenido buenas experiencias en islas.

Haciéndome la sorda con las quejas, empacamos todo lo necesario para acampar en mi isla desierta que ya había localizado en internet, y que estaba segura que sería una aventura divertidísima.

Llegamos al pueblo luego de tres horas y media de un viaje casi saboteado por tres mocosas adolescentes que querían acortar camino en una playa mas divertida. Allí debimos buscar un lanchero que nos quisiera llevar a la isla a esa hora (casi las 7 de la noche), pero lo más difícil fue encontrar una tienda abierta para comprar lo que sería nuestro desayuno del día siguiente, en medio de calles cercadas, cables llenos de papeles de colores, torres de jabas de cerveza y parlantes gigantescos listos para reventar tímpanos por la fechita festiva

Por fin, con carpa, colchones, parasol, mochilas, comida, linterna, leña, celular prestado y tribu, nos subimos al bote que nos llevaría al inicio de una aventura digna de contar.



Luego de 15 minutos de viaje, nos despedimos del lanchero que nos dejó en la isla desierta en medio del Océano Pacífico, con la promesa de regresar a recogernos al día siguiente. Ahora sí, todos felices y emocionados, tratamos por gusto de prender la fogata hasta que se acabó toda la gasolina que nos dieron, así que terminamos armando la carpa de oído.


No sé en qué momento nos quedamos dormidos, hasta que me despertó de golpe una llamada a mi celular a las 12 de la noche deseándome un Feliz cumpleaños. Gracias a esa llamada, pude escuchar unas pisadas alrededor de la carpa y alguien como  tratando de abrir el cierre. Me levanté de un salto para ver a través de la “ventanita” del techo, quien andaba por allí. Casi me muero cuando vi la sombra de un bote frente a nosotros, sin una sola luz, a pocos metros de la orilla.

La situación era esta: 4 mujeres, un hombre y el único objeto de defensa personal, lo suficientemente efectivo para dar un golpe, era una linterna. Entré en pánico, las niñas entraron en pánico, y antes de que me olvide de pensar, usé el celular prestado para llamar a Gary, nuestro único contacto en tierra firme.
Con “la copa rota” de fondo, el celebrado papá alcanzó a contestarme que no me preocupe porque solo eran pescadores en la faena, y cerró.

Tratamos de tranquilizar a las niñas con un “todo está bien”, pero ya no se puede ni hablar en inglés para que no entiendan, ni mentirles al apuro, se han hecho vivísimas. Así que Toñito y yo nos convertimos en los centinelas de la noche, y mientras nos turnábamos para tener chequeado cada movimiento del bote, escuchamos otra vez el ruido cerca del cierre de la carpa. Cuando alumbramos con la linterna, vimos que “algo” le había hecho un horrendo hueco a la carpa y a la funda con el desayuno.

Ahora si estábamos a merced de piratas y animales muertos de hambre. Mi isla encantada se convirtió de pronto en la isla siniestra, y mi imaginación voló hasta vernos en la primera plana de un diario sensacionalista que incluía secuestros alienígenas y vudú, mientras Toñito se arrepentía de haber vaciado la vejiga en el monte, en lugar de marcar territorio alrededor de la carpa, así como aprendió en “A prueba de todo”.
Volviendo a la realidad, pusimos las mochilas alrededor del hueco, y escondimos la comida debajo de los colchones para alejar a lo que sea que quería comérsela.

El por nosotros bautizado narco-bote-fantasma, se fue a las 4 de la mañana, y con la primera luz del día por fin se cerraron nuestros ojos, olvidándonos de las fieras sueltas que se supone solo cazan en la noche.
Nos despertamos a las 8 de la mañana, y luego de revisar que estábamos completos, salimos para descubrir las huellas de algún cuadrúpedo alrededor de toda la carpa.


El hambre nos hizo olvidar la mala noche, y devoramos con ganas las malísimas galletas con queso crema que ni el cuadrúpedo se quiso comer, nos pusimos los snorkels, las aletas, y nos lanzamos al mar.


Vivir estas aventuras los cinco, nandando entre cardúmenes de peces plateados, azules, diminutos, otros enormes, ver el fondo del mar lleno de corales y erizos, mientras los piqueros patas azules revolotean en las rocas y las gaviotas en el cielo, hizo mi cumpleaños número 40 el mejor cumpleaños de mi vida, y un día que recordaremos por siempre.



Porque definitivamente no importa donde estemos, lo que importa es que estemos los cinco.



lunes, 7 de mayo de 2012

Paseo citadino dominguero Vol. 1: La Isla Santay


Al igual que muchos citadinos, nosotros, que tratamos en vano de acostumbrarnos a la vida de ciudad, salimos corriendo cada sábado a la playa. Solo respirar ese aire yodado nos cambia el genio y nos alegra la semana. Peeero, ciertos acontecimientos varios y complicados, que no contaré en esta ocasión, han hecho que nos veamos obligados a cambiar nuestro sagrado ritual, y busquemos playas más cercanas por el día nomás. Eso convierte al domingo en peor día que el lunes, y todos los miembros de la tribu quedan en un estado vegetal profundo.

Así que decidí revisar la carpeta que tengo guardada bajo el título “paseítos citadinos”. Las opciones eran Parque del Lago, La Isla Puná, Yaguachi en Tren, o la Isla Santay. Hicimos una votación en la que todos los lugares empataron últimos, no sé cómo fue posible pero así fue,  así que no me quedó otra que decidir yo. La Isla Santay nos esperaba.

Según la web, sale una lancha desde el Malecón y por $12 por persona (incluye almuerzo y guía) nos lleva a la Isla. Pero como no nos gustan las visitas programadas, ni los horarios, ni los guías, decidimos lanzarnos a la aventura, y buscar a un lanchero en la Caraguay.



Luego de convencer al “Baleado” de prestarle la lancha a su hermano “Beretta” para que nos lleve, nos subimos a lo que serían los ocho minutos más divertidos del viaje. El precio transado fue “su voluntad”. Lastimosamente nuestra voluntad anda estos tiempos bien floja, no por falta de voluntad, así que le dimos seis dólares en billetes de uno para que parezcan más, y todos quedamos contentos.



Llegamos a la Isla, y luego de subir por las escaleras del muelle se acercó a nosotros un grupo de seis personas con camisetas con el logo “ministerio del medio ambiente”. Uno de ellos se presentó como guía turístico, y una mujer dijo que era bióloga. El saludo fue: “Motivo de su visita”. Mi respuesta fue obvia y acompañada de una sonrisa de nerd: “Conocer la Isla”.
La bióloga impaciente, acalorada y algo menopáusica me dice: “Muéstreme su permiso”. No entendí nada, permiso para qué? Le dije que no sabía que necesitábamos algún permiso para  conocer nuestro propio país! Acaso está prohibido venir? Increíblemente ella contestó Sí, al mismo tiempo que el hombre dijo NO. Luego me preguntaron con quien habíamos venido, les dije que con un lanchero de la Caragüay de nombre raro y apodo peor. Me preguntaron cuánto nos cobró, les dije que nuestra voluntad. Y seguíamos bajo el sol sin entender nada.



Finalmente nos aclararon que no era prohibido ir, pero que era necesario hacerlo con los tours dirigidos, porque era peligroso viajar en esas lanchas, y más peligroso era ir a la Isla sin guía, y que la comuna debía estar preparada porque además pronto sería la hora de almorzar. 

En este punto se puso interesante la cosa porque me sonó a Isla encantada, con reductores de cabezas, o caníbales o vampiros. Y pensé que este domingo sí que se estaba poniendo divertido!

Luego de dejarle claro a la bióloga y a los otros cinco uniformados que habíamos ido allí a conocer la Isla bajo nuestro propio riesgo, interesados en el hábitat natural y la forma de vida de sus isleños, sin programación, sin presión y sin dinero para alimentar al guía, no le quedó otra que irse a buscar a quien más molestar.

Y allí empezó nuestro extraño “paseíto citadino”. 




¿Qué es la Isla Santay? Para mí, es una extraña versión de “The Truman Show”. Hay un único puente de madera que conecta las 56 casas entre sí. Ese único camino conduce al punto de partida, y se acabó, no hay nada más.








Si están demasiado aburridos, pueden ir a la cancha de fútbol que también es de volley. El problema es que si se sale de la cancha la pelota, no pueden cobrar la falta, porque se les acabó el juego!



Cuando nos mirábamos todos con cara de “¿Y qué más ah?”, aparece una señora con un chaleco en el que se lee “Ministerio de Inclusión Social”, resulta ser una isleña llamada Elsa. Le digo que es famosa, que la vi en algunas páginas de internet. Nos dice que la comida está lista, que tenemos suerte de que el grupo que iba a ir organizado por....no estoy segura quién se encarga de tan mala organización, canceló a última hora, aunque creo que más suerte tuvo la señora que amablemente nos cocinó, porque le pagamos $20 por 6 platos de un seco de pollo buenísimo, pero que jugaba a las escondidas.


El almuerzo duró menos de lo que nos hubiera gustado, no tanto por el calor infernal que se sentía en esa pequeña casa de madera sobre el manglar hirviendo, sino porque llegaron a comer los desagradables uniformados encabezados por la bióloga. Mientras comían con ánimo de velorio, uno de ellos abrió la boca para torpemente preguntarle a nuestra anfitriona si podía ponerle el seco con pechuga. Ella avergonzada le pidió disculpas por no poder cumplir sus exigencias culinarias.

Nos levantamos de la mesa agradeciéndole a nuestra anfitriona por ser el segundo mejor seco de pollo que he comido, el mejor lo hace Goyita.


A lo lejos se ve el manglar, muchos árboles y plantas, y luego de interrogar a un isleño, descubro que tienen una pequeña escuela y un grupo de cocodrilos que son el único atractivo. Le digo que queremos ir, y aparece Elsa diciéndonos secamente que no podemos porque el agua ha subido mucho. No digo nada, pero no le creo, sobre todo porque estoy viendo perros y gallinas corretear por todos lados sin boyas.




El paseíto llegaba a su fin, cuando conocí de casualidad a Valentín, un amable isleño de sonrisa sincera. Le pregunté si podía llevarnos a conocer la escuelita y los cocodrilos (rara combinación ahora que lo pienso), y nos dice: “Claro, vamos”. No sé de donde pero apareció a su lado Elsa y dice: No se puede, no tienen botas! Valentín contesta: No importa, les prestamos! Y ella con una pelada de ojos le dice: No tengo la llave de la bodega! Y él insiste: Yo tengo en mi casa!

Era tan obvia la situación, que a esta humilde mujer no le quedó otra que decir la verdad: “Disculpe, no es mala fé, de corazón le digo, no es que no quiera llevarlos, es que la bióloga no dio la autorización. Vengan otro día que no estén estos señores”

La verdad me quedé sin palabras, ya no quise ponerlos en una situación incómoda así que decidimos regresar a Guayaquil.



Me parece increíble que esta comuna sea tan manejada por gente extraña a ellos, funcionarios que con una actitud bastante prepotente espantan a los turistas causando un daño directo a los isleños que viven en lindas casitas que parecen de juguete, en medio del río Guayas, aislados de la civilización.

Qué fue lo que tanto les molestó a los biólogos del Ministerio del Medio Ambiente? Que no hayamos pagado los $12 cada uno por el paseo con guía? Y me pregunto: Guía para qué? Para que no nos equivoquemos y entremos en la casa 32 pensando que es la 43 y regresemos por la 12? O para que no nos perdamos en el único camino que hay y que nos lleva de regreso a la lancha?


El “paseíto” no duró más de dos horas y no llenó nuestras expectativas, porque la información que se encuentra en la web deja mucho a la imaginación, por lo menos a la mía. Lo rescatable fue la divertida travesía en la lancha metiendo la mano en el río y bañando a los pasajeros, llegar a una Isla, conocer a su habitantes tan agradables y sonrientes, comer un seco de pollo riquísimo, y conocer un modo de vida tan diferente al nuestro, acostumbrados a verse las mismas caras, caminar el mismo camino y no perder el buen humor. Admirable.








martes, 24 de abril de 2012

Querido Maestro




En el bus de regreso tengo mucho tiempo, más de 4 horas, y no dejo de pensar en ti amigo mío.

Me acuerdo de como nos conocimos, y lo primero que pensé fue que eras tan serio, y que segurísimo no nos llevaríamos bien. Bueno, me equivoqué.

Lo que nos hizo cambiar tu nombre por el de "Maestro", fue la anécdota que nunca olvidaríamos del surf trip. Tenías muchas ganas de retomar la tabla que alguna vez probaste de pelado, así que te brillaron los ojos cuando viste llegar a tu nuevo vecino Toñito con una Klimax en el balde. En seguida se hicieron amigos, y el primer plan fue ir a la FAE a las 7 am del día siguiente. Regresaron al medio día, cansados, insolados, tu revolcado y Toñito se convirtió ese día en el héroe que te rescató del remolino perpetuo que te llevaba sin clemencia a las rocas.

Nos reímos durante horas escuchando tu anécdota, en la que decías que luego de remar por horas hasta quedarte a la deriva, tiraste la toalla y dijiste: "Bueno, hasta aquí llegué... y de pronto apareció el Maestro y me salvó la vida". Así que desde ese día se llamaron así mutuamente.

Toda esa temporada de playa, nos sirvió para hacer una amistad de esas que duran y dejan los mejores recuerdos. De eso ya hace 12 años.

Nuestras familias eran muy parecidas: papás jóvenes con 3 lindas niñas de casi las mismas edades. Las más chiquitas estaban en pañales, y las más grandes se pasaban explorando en la playa desde que abrían el ojo hasta que las mandábamos a dormir. Luego fueron creciendo, y pasamos por Primeras Comuniones, brackets, quince años, alisados y noviecitos.

Las temporadas se acababan y cada año fueron más esporádicos nuestros encuentros, pero siempre de casualidad escuchábamos un ¡¡Maestrooo!! en un semáforo, o saliendo del cine, y allí estabas tu, con la sonrisa enorme y el abrazo apretado, siempre feliz de vernos.

La última vez que nos reunimos fue hace un par de meses en nuestra nueva vida citadina. Los invitamos a comer los famosos tacos de Toñito que tanto te gustaban, y recuerdo que comentaste que estaban tan buenos como los recordabas.

Maestro, me hubiera gustado que no se acaben esas temporadas de playa, que vinieras más seguido a comer tacos, que en el agua con Toñito compartieras más esas conversaciones de panas....porque ahora, mientras estoy en el bus y escucho detenidamente la canción "sing a song", hubiera querido que la escucháramos juntos, y poder decirte: Maestro, just sing a song.


martes, 24 de enero de 2012

El cumpleaños de papá


Siempre he recordado el cumpleaños del Cucho, sin olvidarme sagradamente un solo año, todos los 24 de Enero… hasta hoy.

Y no me hubiera acordado nunca, sino hubiera recibido una llamada a las 4 de la tarde que sonó al otro lado del teléfono, tan bajita que apenas pude entender un rápido:
“llamaatupapáquehoyeselcumpleañossschao”.

Ay Dios! –pensé. Cómo pude olvidarme? Ahora qué hago llamándolo recién a esta hora?. Así que sin pensar mucho en la escusa me decidí a llamar a la casa.

Mi mami me sorprendió contestando con voz melodiosa, fingiendo que no sabía que era yo:
- ¿Alooooó?
- Hola mami
(gritando disque sorprendida) - Ay holaaa mijita, como estás?, a los años! (aunque nos vimos el domingo)
- Todo Bien, aquí llamando a saludar a mi papi por su cumpleaños… es que recién llego del colegio, osea no de matricularlas, sino de ver la lista de libros, osea, no la libreta porque eso es mañana, entonces se me hizo tarde y recién puedo llamar porque estaba descargado mi celular, y cuando llegué se había ido la luz en la casa y se descargó el teléfono inalámbrico, y entonces… Ay no sé, póngame a mi papi por favor!!
- Ah yaaa! Cucho! Cuchooo! Tu hija te llama

No escuché qué le preguntó, pero me imagino que algo así como: “Y por qué me llama recién ahorita?”, porque si escuché a mi mala actriz madre contestar: “ay no sé, es que no tenía teléfono o algo así, bueno contesta”

Entonces lo escuché de buen genio y comencé con esas vainas de “Que viva el quinceañero”, “Y cuántas primaveras es que son?” Como si no supiera que son 69. Así que me contestó: “Son 69, cada vez estoy más cerca del hueco”. Por suerte enseguida hizo uno de sus chistes, algo así como “Ya fui a regar mi terrenito en Parques de la Paz”. Y eso me recordó la absurda alegría de mi santa madre cuando me contó saltando en un pie: “Y fui pues a ver nuestro terrenito, la vista es linda, han arreglado divino el lugar, todo rodeado de plantitas y arbolitos y flores”. Me costó trabajo entender que no estaba hablando de algún terreno en la ruta del sol, sino del nicho que compraron en el Cementerio!! De nada sirve que le haga ver que ella no va a disfrutar ninguna vista ni ninguna plantita! Ella sigue feliz con la adquisición.

Y así fue como le prometí a mi papi que sembraría un arbolito de naranjas en su “terrenito”, para cada cumpleaños tomarme un Screwdriver en su honor con las naranjas llenas de su esencia. Mientras tanto, me esperan en su casa para comer la torta de manzana y nueces que mi mami le hizo con pasas porque no tenía nueces, y un vodka con jugo de naranja, por el momento y espero que por muchos años más, Natura nomás .

Así es esta “familia muy normal…. tararán….”

martes, 10 de enero de 2012

El video de mis chiquitas surfistas



Este video no fue nada planeado, como todo en esta familia, sino que salió así, de pronto.

Todo empezó con una canción que escuchamos del celular de la Cristi mientras almorzábamos juntos.
Con los primeros acordes nos quedamos así como la Maca cuando ladeaba la cabeza y levantaba la oreja. Luego, sin reconocer la canción, preguntamos quien la cantaba. Se trataba de un amiguito de 14 años de las chicas, que la compuso, la toca y la canta! Nos gustó tanto, que fue la canción de la semana en los parlantes de la casa y en la cabeza de todos.

Luego pensé lo bien que iría esa canción en un video de surf....que pena que la filmadora está llena de arena y no hemos podido grabar ni un solo video de las niñas surfeando!

Entonces Toñito me enseñó un programa muy bueno que encontró para hacer videos con fotos...eso si teníamos!! Así que me quedé hasta la madrugada eligiendo fotos y probando las diferentes combinaciones con la música.

Finalmente cuando ya estaba listo para subirlo, apareció aquella leyenda horrenda preguntándome la tarjeta de crédito con la que prefiero hacer el pago de $3!! (la máquina ésta ya debería saber que NO tengo tarjeta de crédito). Por 3 mugrosos dólares me quedaría desvelada de puro coraje?? No! Tenía tres opciones: buscar otro programa que sea gratuito, pedirle a alguien prestada la tarjeta a las 2 de la madrugada, o ir a dormir alado de mi amado que roncaba plácidamente y olvidar el asunto. Ninguna de las tres podrían suceder en mi vida real, así que dentro de mi amargura, recordé que antes de Navidad compré una tarjeta e-card para compras por internet, y debía tener un vueltito, seguro que 3 mugrosos dolares si tenía!!

Emocionada busqué la tarjetita por todas partes, porque obviamente no estaba en mi billetera, ni en el velador. Finalmente a eso de las 3 am la encontré. Estaba muy cerca de la bandeja de hojas de la impresora, allí donde van a parar clips, vinchas, monedas, y todo lo que una vez al mes nos devuelve el técnico con una sonrisa por haberse ganado tan a vaca el arreglo de la maquinita.

Bueno, ingresé los números, acepté sin leer las condiciones, y leí con gran satisfacción la leyenda: Gracias, usted acaba de subir su primer video!.

Para mí quedó liiindo, y nada me ha podido desanimar, ni siquiera los : "Mami!! en esa foto salgo horrible", ni los: "Por qué subiste esa foto en esa olita si tengo mejores?". 

Al final están los: "mami eres lo máximo", "mami no sé que haría sin tí", que lo superan todo, y me animan en mi nuevo hobby: la producción y edición de videos, así que ya tengo en la mira una filmadora que reponga la que se nos dañó, que por cierto no era mía sino de mi papá.

Por cierto, en el supuesto caso que alguien me esté leyendo, y con el fin de subir el raiting del video, toda la tribu estará muy agradecida si visitan el video en youtube, en el link:  http://www.youtube.com/watch?v=Ivd-VJyivjs