La tribu está convencida de que un sábado sin olas es un sábado de excursión, así que desempolvo la Dora que llevo dentro y
con mi fiel Botas marcamos una ruta en el mapa. El destino elegido fue “Las 7 Cascadas
de Las Hayas”, impactante nombre.
La aventura empezó con un super Bolón de Tere en casa de
nuestros compañeros de excursión, y después de quedar llenitos y con el corazón
contento, salimos a las famosas cascaditas.
Llegamos a un lugar en donde tuvimos que dejar los carros,
nos cobraron $1 a cada uno, le pidieron la cédula al que se consideraba más
responsable del grupo, y así, sin recomendaciones, bendición ni nada, nos
despidió la encargada.
El camino se iba poniendo lodoso, y alguien del grupo perdió su
zapatilla (sí, fue en zapatillas) la que nos tomó media hora encontrar.
Reanudado el camino, y luego de descubrir que Botas y yo eramos los últimos del grupo, apuré el paso en los riachuelos, sorteando las
piedras resbalosas y mojándonos sin remedio los zapatos.
Luego de media hora de caminata nos encontramos con dos senderos: el de la derecha cruzaba el río, y el de la izquierda nos internaba a la montaña.
Los que ya habían ido antes y "conocían el camino”, nos llevaron por el de la
izquierda, y a ninguno de nosotros se nos ocurrió acercarnos a leer el letrero que decía clarito: NO
SE SALGA DEL SENDERO.
En alguna parte de la empinada subida hacia la copa de los
árboles, las piernas empezaron a temblarme, y mi respiración peleaba con los
latidos del corazón en la yugular para ver cuál se escuchaba más fuerte.
Luego
de subir durante los minutos más largos de mi vida y ver solo árboles y más árboles, los pilas que iban primero se dieron
cuenta de la equivocación y empezaron a bajar porque no era el camino.
Cuando
pasaron en fila india todos, y no estaban entre ellos las Tres Marías y nadie
las había visto, me dió la blanca, y con ella el ataque de mi imaginación: ¿Y
si se fueron por el río y están atrapadas entre las rocas? ¿Y si resbalaron por
las cascadas y tienen algo fracturado? ¿Y si las atacó el sicópata del bosque? Las pulsaciones en mi yugular indicaban que
me iba a dar un infarto, así que recordando los consejos de toda abuela, me acosté
con las piernas levantadas hasta que la sangre me volvió al cerebro.
Ya en pie, seguí el sendero del río, y pasé por las primeras
tres cascadas y no aparecían las Marías.
Seguimos entonces más tranquilos caminando con el agua hasta
los tobillos, luego hasta la cintura, y por último hasta el cuello, y llegamos a
una escalera clavada en las rocas, así que entiendo que
debo subir.
No terminaba de agradecerle al buen samaritano que puso la
cómoda escalera en medio de la nada, cuando llegué a una empinada pared más
alta que la anterior, y sin escalerita!
Entre las raíces, las piedras y las
arañas, se asomaban dos cuerdas donde el buen samaritano pretendía que me suba,
ignorando mi deplorable estado físico.
Valentonada por el hecho de que todos nuestros amigos ya habían
subido (uno de ellos casi 20 años mayor que yo), le hice caso a mi
tonta voz interior que me decía: “Vamos, tu puedes”, y empecé a escalar, solo
para darme cuenta, en la mitad del trayecto, que no encontraba dónde poner el pie
izquierdo para impulsarme con el derecho, y me quedé colgada, con mi amado Botas unos
metros más abajo gritándome “Por Dios, pase lo que pase no se suelte!”. Al
principio pensé, este hombre me adora, pero luego entendí que en realidad tenía
terror de que le caiga encima y lo arrastre directo a una vergonzosa muerte segura
Por fin, luego de las lágrimas y de maldecir a las cascadas y a la
vieja de la entrada por no advertirme que tenía que bajar unas 30 libras y
rejuvenecer 20 años para disfrutar el paseo, logré subir.
Me dejé caer en el agua y floté en el mágico momento, pensando
en lo bueno que sería vivir allí, hasta que me trajo a la realidad el chorro helado
de la cascada que me cayó en la cabeza, y empezó el dilema del regreso.
Por suerte ahora si leí otro letrero que decía “Regreso corto”,
y casi rodando por la montaña llegué sin mucho drama.
Por cierto, 1 kilómetro
antes de la llegada, hay una cabañita de unas amables señoras que venden maduro
asado con queso, enormes naranjas, y si se pide con tiempo, el mejor seco de
gallina.
Regresamos a la casa sanos y salvos, con nuevas historias que
contar, más lugares caminados y la riqueza de compartirlo juntos los cinco. Valen
la pena los dolores de espalda, las picadas de bichos raros y la ropa
encharcada, si al final regresamos todos juntos escuchando “Big Parade” acompañados de un hermoso
atardecer. Eso sí, seguimos con gripe.
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