lunes, 6 de enero de 2014

Cuando los Reyes Magos se llevaron mi regalo



He dejado pasar 10 años para poder contar esta historia, ya no vale la pena dejar pasar 10 años más, porque seguiré teniendo esta enorme tristeza en el corazón.

Mi hermano mayor se convirtió en mi mejor amigo cuando fuimos adultos, porque de niños era mi protector, y en la adolescencia nos caíamos muy mal.

Él era el niño bueno que se pasaba horas tranquilito construyendo ciudades de plastilina, que luego yo destruía de un salto con mis zuecos de madera. Él coleccionaba sus G.I. JOE y les hacía fuertes de guerra, y yo los convertía en altares para casarlos con mis Barbies.

Ya en la adolescencia, yo tan pop y él tan metal, apenas nos dirigíamos la palabra, así que  aprovechó su talento para el dibujo para mantenerme alejada de su cuarto y de sus cosas, forrando las paredes con dibujos de las portadas más macabras de Iron Maiden.

Mientras que él tocaba algo de Silvio afuera del Burger, rodeado de niños de la calle a los que luego invitaba a comer, yo tenía accidentes en moto disfrazada de Madonna. No sé cuál de los dos se avergonzaba más del otro!

Pasados esos años difíciles, él entendió mi adolescencia rebelde, porque ya había vivido su propio infierno en un hogar conservador, con el pelo largo y un arete en la oreja, con su deserción del cuarto año de medicina y su liberal novia chilena. Con paciencia se convirtió en mi consejero y guía, y me ayudó a encontrar mi camino.

El día que empezó esta pesadilla, me llamó mi papá, y casi sin poder hablar, me dijo que vaya urgente a la casa, que mi hermano estaba muriendo. Lo primero que pensé es que había tenido un accidente! Quién llama a decir que tu hermano sano de 33 años, de pronto moría?  Antes de cerrarle me dijo: “No vengas llorando, él está muy positivo, pero yo sé que se va a morir”. Odié a mi papá por eso.

Llegué a la casa y en voz baja me lo explicó mejor: mi hermano había tenido dolores en la espalda que atribuyó al Jiu-Jitsu, y molestias en la boca del estómago, que creyó eran por sus malos hábitos alimenticios. Lo cierto es, que luego de meses de síntomas ignorados, le diagnosticaron un tumor en el estómago. Mi papá le hizo una cita inmediata con un especialista y programaron la extirpación del tumor y los ganglios si fuera necesario. Me volvió a decir “Tu hermano se nos muere” y yo lo volví a odiar por ser tan negativo, sin imaginarme que 45 días después, tendría razón.

Fui a verlo, lo abracé, lloré, y no lo solté. Me miró y me dijo que no me pusiera así, que él necesitaba fortaleza, y me pidió algo que cumplí a cabalidad desde ese momento: “No repitas nada malo de lo que oigas, no quiero esa energía cerca, cree en mí, yo voy a estar bien, te lo prometo”. Y yo también se lo prometí, convirtiéndome en la celosa guardiana de sus creencias y convicciones, sea cuales fueren, yo las iba a proteger.

Al día siguiente entró al quirófano. Nunca voy a olvidar la cara de mi papá cuando salió, me miró y lo vi derrotado. Nada en su carrera lo preparó para esto. Al buscar el tumor encontraron metástasis, mi padre se negó a creerlo, hasta que se puso los guantes y palpó, y su fortaleza se esfumó.

A partir de ese momento vivimos los peores meses en nuestra familia.

Mi hermano, naturista, hinduista, con fobia a las inyecciones y a los fármacos, decidió no hacerse quimioterapia, y eso lo mató en vida a mi padre, quien sigue convencido que debió luchar contra corriente.

Mi papá le armó una batalla horrible al mundo, incluida la familia, los amigos y yo. Era la forma de liberar su frustración por no poder hacer que su hijo viva más.

Cuando mi hermano salió de la clínica, se mudó a Quito para someterse a las “limpias” de un médico brujo que le dijo “Yo, a vos ti curo”. Cumplió el ritual sagrado a la perfección, aguantando azotes con ortiga a las 3 de la madrugada, baños con el agua bajo cero salida del Chimborazo y licuados negros verdosos de raíces de nombres impronunciables.

Había transcurrido casi un mes, y los médicos (mi padre incluido), estaban sorprendidos de que mi hermano no necesitara morfina, dado el avanzado y extendido cáncer de estómago, uno de los más agresivos que hay, así que mi papá decidió ir a conocer y desenmascarar personalmente al brujo aquel.

La impresión que se llevó lo hizo enfurecer más: indio de casi medio metro, trenza rozando el piso, uñas largas y negras, escasos dientes, conversación inentendible y letra peor. ¿Cómo era posible que su hijo, el que sería la tercera generación de una familia completa de médicos, insulte su inteligencia de esa manera?

Pero luego de caricaturizar al brujo, nos confesó que vio a mi hermano con buen ánimo, sin dolor y sin preocupaciones, así que algún bien parecía estarle haciendo, y por un segundo quiso creer que se había equivocado en su pronóstico. Él también quiso tener esperanza.

De regreso a Guayaquil, mi hermano se retiró a las afueras de la ciudad para disfrutar de sus hijos, de la naturaleza, de la lectura, de la meditación, y poco después nos invitó a su boda eclesiástica pospuesta por años. Mis hijas y su hijita de 10 años fueron parte de la corte improvisada, mientras su bebé de 3 meses pasaba de brazo en brazo, desviando por momentos la atención que teníamos sobre él, tan delgado, tan cansado.

Cada día estaba más distraído, como alejado de todos y de su realidad, casi no me hablaba, y por eso no pude saber lo que estaba sucediendo. Por eso, porque creí que estaba estable, me despedí de él y me fui a acampar a la playa el 2 de enero, llevándome a su hija que no entendía lo que pasaba y teníamos prohibido explicárselo. Él de verdad creía que lo superaría, pero sólo hasta ese día.

A las 5 a.m. del día siguiente, me llamaron a decirme que regrese, que a mi hermano se lo estaban llevando de emergencia en una ambulancia. Se había quedado ciego en la tarde del día anterior, y aterrado llamó a su brujo que le dijo que el cáncer estaba perdiendo la batalla, que así mismo era, que no tomara ningún medicamento, solo sus menjurjes, y luego, no le contestó más. Mi papá nunca perdonó que no le hayan comunicado inmediatamente lo que estaba pasando, porque ese era un claro síntoma de haber entrado en coma. 

Luego supimos que tenía mucho dolor, que seguía con sus terapias naturistas que incluían baños de vapor, y un sinnúmero de terribles reacciones físicas que no quiero recordar. Por eso no me hablaba mucho, por eso le incomodaban nuestras visitas, quería ocultarnos todo lo que estaba sufriendo, no quería que lo obliguemos a soltarse de esa única esperanza que nadie más le había dado.

Camino a la clínica yo sólo pensaba en volverlo a ver con vida, y cuando llegué, me acosté a su lado, agarré su mano, y no volví a soltársela los dos días que me quedé con él, aunque nunca más oí su voz.

Si era verdad que iba a superarlo, tal vez solo era cuestión de tiempo, tal vez necesitaba más fe para que se manifieste el milagro de su curación, ese acontecimiento que alguna vez me dijo que necesitaba la humanidad para recuperar la fe y la esperanza.

Y así, bonachón como era, de mente abierta y sin prejuicios, había cosechado buenos amigos, tan diferentes y de creencias opuestas, y empezaron a llegar uno por uno, a despedirse de él.

Apareció alguien con una corona de flores del Templo de  Krishna y la colocaron junto a la estampita de Juan Pablo Segundo, esa que mi mamá lleva a todos lados; fue a visitarlo su mejor amigo del colegio, hoy Vicario Episcopal, para darle la extremaunción; fueron los amigos iriólogos, el pariente mormón, el escultor, la actriz, el tatuador, la abuela Testigo de Jehová, y unos cuantos vaishnavas, ninguno bien visto por mi papá. Pero lo que realmente desató su furia, fue el CD con el mantra OM a todo volumen. Fue como ver la escena que nos han contado acerca de Jesús expulsando a latigazo vivo a los mercaderes del Templo. Mandó volando a todos, sin excepción, con radio y buenas vibras por delante.

Cuando entró el médico a tomar sus signos vitales, nos dijo que en minutos todo acabaría, que nos preparemos. Me acerqué a su oído y le dije que el cáncer se había ido, que él estaba mejor, que necesitaba levantarse, abrir los ojos y ya. Él apenas apretaba mi mano, nada más. Cuando regresó el médico a la media hora, no se explicó por qué sus signos vitales habían regresado a la normalidad. Esto sucedió tres o cuatro veces más. Ahora pienso que esa tontería mía no lo dejaba irse en paz.

Era claro que nada iba a cambiar, que no existen los milagros, al menos no en su caso, y que todas mis promesas y rosarios rezados no sirvieron de nada, estaba frente a mi amado hermano, viéndolo sufrir sin poder hacer nada, así que volví a acercarme a su oído, y esta vez le prometí que cuidaría a sus hijitos, le pedí que se vaya, y le dije la oración que rezábamos antes de dormir, esa la de la Virgen María y su Manto.

Salí del cuarto desbastada, y recuerdo haberle reclamado a Dios, le dije que ya basta, que si no lo iba a salvar entonces que se lo lleve de una buena vez. A los pocos minutos salió mi mamá de la habitación llorando, dijo que mi hermano acababa de morir. Entré rápido y me paré junto a él, justo en el segundo en que suspiró profundamente. Me paralicé, pensé que era el milagro que esperaba. ¿Está vivo?, ¿Se recuperó? Pero no, los médicos dijeron que es una reacción común, algo así como el último aliento de vida. Yo quiero creer que fui testigo de la partida de su alma en paz.


Regresé a Salinas con las cenizas de mi hermano, y al día siguiente fuimos a dejarlas en la mitad del mar junto con los arreglos de flores que hicieron las niñas. 

El mar estaba tranquilo, el cielo despejado, un rayo de luz cayendo y una gaviota volando sobre nosotros durante todo el trayecto, como en las películas, pero sin el final feliz.





*acabo de encontrar esta carta escrita por mi hija mayor cuando tenía 11 años.

Recién me doy cuenta que no pidió ningún regalo esa Navidad, solo que su tío esté bien.

Creo que esta fue la última carta que le escribió a Papá Noel, y la última vez que rezó.





viernes, 27 de diciembre de 2013

Una llamada no tan equivocada


Jueves 7:30 am suena mi celular. Una voz amable de una señora sesentona dijo mi nombre, y cuando dije “ Sí, soy yo, quién habla? ”, la amable señora sesentona se volvió una real bestia insultadora. Entre los muchos epítetos que me dijo, hubo uno en particular que estoy segura no merezco y despertó mi curiosidad detectivesca. Mi reacción fue hacerle creer que no la escuchaba con unos Aló Aló Aló?? Mientras ella repetía la descarga, hasta que cerré el teléfono.

Enseguida volé a guardar el número para verlo por WhatsApp, y contrario a lo que me dijeron - entre risas burlescas- mis adolescentes hijas: “Obvio que es un número cualquiera” “Ni siquiera debe tener aplicaciones ni nada”, allí estaba, con foto y todo. Pero la foto no era de una señora sesentona, sino de dos niños con la cara medio tapada con sus gorras. Opción 1: los nietos, Opción 2: foto trucha bajada de la web.

Me quedé con la pica, porque no era un número equivocado, esa persona dijo mi nombre!

No seguiré explicando mis métodos de búsqueda, porque nunca hay que revelarse por completo al enemigo, solo diré que mi opción 1 era la correcta, y que en menos de 10 minutos di con la persona en cuestión.

Tenía frente a mí el nombre de la persona a la que estaba registrada la línea, y no lo podía creer. Se trataba de un conocido y prestigioso abogado, un hombre bastante mayor al que consulté alguna vez, y recordaba como un caballero. Averigüé además que no le habían robado el teléfono, no lo había vendido ni prestado, y que incluso lo cargaba en ese momento.

Entonces la película empezaba a tomar forma: La esposa de este señor lo había pescado en roja, y muy seguramente empezó a aplastar uno por uno los números del directorio, de pronto apareció mi nombre que no le sonaba para nada, y pensó: “Esta es la zorra con la que mi marido se revuelca, y de ley ha guardado el número con otro nombre para despistarme” (yo pensaría así). Pero esto era solo una teoría, mi teoría, y decidí salir de dudas a ver si sirvo para detective.

La llamé un par de veces y no me contestó, así que le escribí ofendida por sus insultos, diciéndole que era una vergüenza lo que había hecho, que seguramente ya se dio cuenta que yo no era quien ella creyó, y que en cambio yo ya sabía quién era ella y su infiel esposo, mientras le dejaba claro que por lo menos me merecía una disculpa por tamaña puteada tan temprano en la mañana.

Pensé que allí acabó todo, hasta que horas más tarde me contestó grosera y amenazante, despertando de nuevo a la bestia dormida.

Entre insultos van insultos vienen, amenazas, imágenes sacadas de su Facebook para dejarle claro que yo sabía perfectamente quien era, y ella contestando irónicamente el miedo que le daba, terminamos de la única manera como podíamos terminar: siendo amigas.

Mi teoría era correcta, el marido setentón resultó no ser tan intachable, y guapetón como es se levantó a una tipilla algunas décadas menor, más por la plata que por la pinta, y allí estaba la esposa, con escasos conocimientos en informática y sin el canal ID tan útil en estos casos, haciendo lo único que se le ocurrió, putearme por no hacérsele conocido mi nombre.

Y es que esa loca sesentona se encontró con esta loca cuarentona de similares alcances, tanto así que me dieron ganas de darle un par de consejitos de esposa sicópata, pero no quise ahondar más en su ego dolido.  

Así terminó esa extraña llamada, despidiéndonos en paz y con un abrazo a la distancia, y por loco que parezca, a mí me quedó la sensación de “volver al futuro” encontrándome conmigo misma, en una hipotética situación, con algunas cuantas décadas de por medio.

martes, 24 de diciembre de 2013

Por qué no creo en La Navidad


Ya por el mes de Septiembre más o menos, me doy cuenta que el año se fue volando y que pronto es Navidad. Esto en lugar de alegrarme me deprime, por el tráfico, el gasto, la pelea por dónde pasar tan lindo día, y las pocas ganas que tengo de ver a gente que cree que ese día debo querer verlos.

Y es que gracias a que la religión católica decidió celebrar el cumpleaños de Jesús en esa fecha, y siendo la mayoría de mis conocidos católicos apostólicos y romanos, en Diciembre se llenan de un “espíritu navideño” desbordante, digno de la familia Flanders. Y en este punto es donde me pregunto, si Jesús nace el 24 en sus corazones, en que órgano pasa la adolescencia y sus 33 años de vida??

Veamos, por qué carajo la gente cree que el 24 debe ser amable y los otros 364 días del año está bien ser unos perfectos imbéciles?

- No creo en el vecino que pone lucesitas con música navideña en el pino de su patio, mientras que todo el año parquea el carro al frente de su casa solo por joder al otro vecino con el que tiene pito.

- No creo en la prima que se viste de ayudante de Santa y saca en bandejas de plata el pavito recién horneado, lo pone sobre el mantel brillante engalanado con la más fina vajilla, rodeada de su hermosa familia sonriente para la foto de postal, mientras que todo el año deja a sus hijos almorzando solos porque le fastidian las conversaciones infantiles, los derrames en el mantel y se le pasa la novela que la hace soñar estar en brazos de otro.

- No creo en el chat del colegio, en donde las madres dejan empalagosos mensajes sacados de Google o de algún versículo que jamás entendieron bien, mientras que todo el año son incapaces de devolver un saludo amable, ceder el paso en la fila, o simplemente sonreír.

- No creo en los parientes que esperan que este día la familia pase unida, mientras que todo el año construyen barreras de envidia, críticas no constructivas y egoísmo.

- No creo en los amigos de antaño que cuelgan imágenes y frases en sus múltiples redes sociales, mientras que todo el año han ignorado las preocupaciones, alegrías o miedos de sus contactos, aun cuando se enteran perfectamente de lo que les pasa, precisamente gracias a sus redes sociales.

Así que no creo en la Navidad al igual que no creo en las fiestas de graduación, los matrimonios pomposos, ni las fotos familiares hechas en estudio. 

Por eso, así como dice la canción: "... I Just believe in me, Yoko and me..", solo creo en mi tribu y en mí, porque es mejor emular a Lennon que al estúpido Flanders.

viernes, 18 de octubre de 2013

La edad de las aceitunas

Una de mis teorías es que te das cuenta que estás haciéndote adulto (envejeciendo es muy rudo) cuando empiezas a comer cosas que antes odiabas.  Veamos, ¿a qué niño le gusta el pimiento, los champiñones, la langosta, el jugo de tomate de árbol y una eterna lista de vegetales y frutas exóticas? A ninguno, no señor! Pero cuando crecemos, somos bien capaces de pedir unos anticuchos con salsa a la huancaína, totalmente conscientes de que estamos pagando por unos pedazos de corazón en salsa picante.
Entonces, he clasificado las comidas por edades, y aunque aún no llego al vergonzoso momento de preguntarme si no me hará daño comer chocolate a estas horas, o si la torta borracha tendrá mucho licor, debo reconocer que ahora me arriesgo a probar comidas nuevas, un claro síntoma de la adultez.  
Mi edad actual es de las aceitunas en la pizza como ingrediente extra.
Y como siempre se aprende algo nuevo en esta vida, gracias a este ingrediente que odiaba de niña, me tocó descubrir que hay gente que hace pizzas con aceitunas con pepa. Terrible no? Y si ud. querido lector, es de los que piensa que soy demasiado quejona (que sí puede ser también), le pido que haga un viaje mental a un agradable restaurante, en una playa del océano pacífico, con su linda y hambrienta familia. Ahora esperen de pie 15 minutos a que los de la mesa que ya terminó de comer, terminen de conversar. Una vez sentados, esperen otros 20 minutos a que uno de los 6 meseros le limpie la mesa. Cuando por fin le limpian la mesa, el mesero les pide que se muden a la mesa sucia de alado, porque la que acaban de limpiar es para 6 personas y ustedes son solo 5. Recuerde que es una agradable velada familiar, asi que cero estrés. Se sientan en la nueva mesa, y solo hay 4 puestos, así que le tocó quedarse parado otros 10 minutos hasta que le consigan silla. Y aquí pregunta en voz alta "Y será que nos vamos a otro lado?", a lo que el personal familiar le contesta un NO al unísono, porque ya han esperado 45 minutos y qué es lo peor que puede pasar.

Ajá! Llegado a este punto, sigo con mi relato en primera persona.
Se acerca el mesero pidiendo disculpas por la demora y nos ofrece la carta. Nosotros le ofrecemos disculparlo si no se va mientras nos decidimos, así que de una vez se lleva nuestro pedido de una pizza familiar extra queso y una familiar extra aceitunas.

Luego de 40 minutos más, por fin llega nuestro pedido, y con él la duda razonable: Pedí aceitunas? Luego de confirmar que efectivamente me cobraron el ingrediente extra invisible, llamo al mesero. Se vuelve a disculpar y se lleva la pizza para regresarla con 3 aceitunas lanzadas al descuido. Mi cara le hace disculparse de nuevo y explicar que se le acabaron las aceitunas. Ok, demasiada hambre para discutir, comamos!

Y allí es cuando descubro dolorosamente que disque es normal que en Argentina te pongan en la pizza aceitunas con pepa, que no les importa si te atoras, y que si no te gusta te puedes ir porque hay harto comensal esperando sentarse en tu mesa.
El argentino dueño de la pizzería, los meseros, comensales y casi todo el pueblo, descubrieron que se toparon con la persona equivocada para esa filosofía barata. 
Luego de algunos años de este anecdótico incidente, de casualidad volví a encontrarme con este argentino, en un inusual viaje poco agradable y lleno de complicaciones. Entre miradas esquivas y te saludo o me hago la loca, terminamos riendo de aquel día en el que casi se me quiebra la muela en su pizzería, y luego de compartir un par de relatos sobre lo que hacíamos en ese país que no era el suyo ni el mío, llegamos a la conclusión que indudablemente Toda aceituna tiene su pepa.

miércoles, 26 de junio de 2013

Los tesoros de Michelle

Saliendo de Playa Jiquiliste por aquel camino tortuoso, y a unos 40 kms de Managua, hay un pueblo llamado Catarina, allí encontramos un restaurante y locales de venta de artesanías.

Algún recuerdito típico de Nicaragua debía llevarme, asi que la parada técnica incluyó curiosear un poco y descubrir a un hombre sencillo con un enorme talento.


















El es Erwin Ocampo, nunca recibió educación formal y todo lo que hace lo aprendió de sus padres y abuelos.

Entre los colores brillantes y formas infinitas, vi a una pequeñita que se escondía detrás de su papá, sin soltar un chanchito de orejas rotas. Es Michelle, la menor de 8 hijos, y entre risas sus padres me dicen que esperan que sea la última.


Michelle tiene dos años, y su día se alegra cuando sus papás la alistan y la suben a la moto para recorrer más de una hora y llegar a su lugar de trabajo, en donde pasan juntos hasta anochecer. 

Luego de algunos intentos fallidos de acercamiento, logré que me enseñara sus juguetes, adornos que en alguna travesura rompió, y ahora los cuida con recelo. 

Mientras su papá se esmera en sacarle brillo a todas las artesanías para convencerme de llevar mas de una, Michelle se sienta a envolver su querido chanchito, así como los ha visto hacer cientos de veces a sus papás.


Es como si supiera que eso significa que comerán mejor, tal vez se compren algo de ropa, o simplemente hagan mas creaciones, lo que sea que la mantenga pegada a ellos la hace feliz. 

Al final esta pequeñita dejó su timidez a un lado y me llevó a conocer sus pinturas, con las que empieza a pintar la gallinita que rompió. Le enseño mi cámara y sus fotos, y por fin me sonríe por primera vez.


Me despedí llevando conmigo algunas de las creaciones de este talentoso artesano, y al llegar a la casa y sacarlas con cuidado, encuentro mal envuelto en periódico adentro de una vasija, un jarroncito con el dibujo de un colibrí. Fue el regalo que me dio la pequeña Michelle, tal vez por hacerla sonreír.


Otro tesoro para mi colección.



Personajes vol. 1 - Cristina y sus pasiones

Te ofrecen dos opciones: un viaje por 12 días recorriendo tres países de Europa, o por el mismo valor, quedarte en una playa en un pueblo recóndito de Nicaragua:
a. Europa
b. Nicaragua porque eres masoquista
c. ninguna

Bueno, elegí la B, y no por masoquista sino por buena madre, que vendría a ser lo mismo después de todo.

Ante la muy remota posibilidad de que algún nica llegue a leer esto, debo aclarar que no tengo nada en contra de su país, menos de su amable gente, mas bien mis horrendos días allá fueron gracias a mis propios compatriotas y un brasilero de mala muerte, pero esa es otra historia.

Ya instalada, y sabiendo que me costaría más caro regresar que quedarme, decidí sacarle provecho a esos 500 metros de playa y dedicarme a sacar fotos y descubrir historias.

Así fue que conocí a la primera protagonista de este Nica-Café.

Ella es Cristina, una española aventurera que llegó a Nicaragüa de paso y se quedó atrapada por la sonrisa cálida de los niños a los que les enseña con títeres a leer, y del hombre que aprendió también gracias a ella. 
  
                                             
                 


Vivió en un circo de México yendo tras su hija quien necesitaba sentir y vivir la misma libertad de su madre. Allí, luego de algunos meses de extrañas situaciones y graves abusos, entendió que el mal llamado circo era en realidad una especie de secta orquestada por un frustrado aprendiz del Cirque du soleil que tenía embrutecidos a todos, y antes que su hija acabara como una jovencita suicida, se la llevó corriendo de allí.

El pueblo de Nicaragüa que eligió es muy pobre y no se va por pena y amor, mala mezcla. Sobrevive vendiendo sus hermosas creaciones a los pocos turistas de la zona, y así fue como nos conocimos y compartimos cafés e historias. 

Ver su cara iluminada y su sonrisa enorme mientras me cuenta de sus pequeños alumnos, me trasladó a esos años en los que yo también sentía lo mismo enseñando con mis títeres y las obras de teatro, y entendí por qué no se iba de allí, aunque la comuna no le diera ni hogar ni alimentación a cambio de su entrega y paciencia gratuita. Por eso le di el consejo de mi amigo Hans: "el voluntariado no es sostenible, no te sientas culpable por dejar esto atrás, hay mucho más de lo que te imaginas por delante".

Al final nos despedimos con un abrazo, un cruce de mails y promesas de intercambiar ideas y cuentos para sus niños. 

Mientras escribo esto, ella deberá estar emprendiendo su viaje a México, en donde acompañará a su hija en el nacimiento de su bebé, su primera nieta y muy seguramente otra talentosa aventurera.

Me llevo de recuerdo sus fotos haciendo una de sus pasiones, sus historias compartidas, y un regalo que me hizo por mi cumpleaños, un anillo tejido en forma de infinito alrededor de una obsidiana negra, lo que significó para mi mucho más de lo que representa: poder, justicia y buena suerte.