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lunes, 26 de febrero de 2018

La vida de mi vida


Hace algún tiempo terminé de leer un libro inspirador que transformó mi vida, Autobiografía de un Yogui. Enseguida muchas cosas buenas empezaron a llegar y con muchísimo entusiasmo me inscribí como estudiante de las lecciones del maestro Yogananda, un legado que este gran sabio de la India dejó para ayudar a cada uno de nosotros en la realización del ser.

A medio camino, las cosas se desordenaron, y muchas de las bases que por años había construido en diferentes aspectos de mi vida, se estaban desmoronando. En ese momento no lo entendí, pero era el tiempo de ponerme a prueba, y no logré superarla.

Por primera vez en mi vida me sentía muy derrotada y empecé a caer en una depresión lenta y silenciosa. Retrocedí el doble de lo que había avanzado. 

Algunas de las personas en quienes, en otras circunstancias, habría buscado desesperadamente apoyo, eran las que precisamente me estaban hiriendo, así que no eran mi opción. A otras no las quise molestar, siempre he pensado que cada uno tiene sus propios problemas como para que yo les cuelgue mi mochila pesada encima. Y justo cuando estaba a punto de ahogarme en algo invisible que me estaba dejando sin aire, empecé a perdonar y a empezar de nuevo.

¡Que difícil es perdonar! Se debe lidiar con muchas cosas, pero una de las peores contra la que he tenido que luchar, es el ego, mi peor enemigo.

Vino, muffins, café, notas de voz, tigrillo, son algunas de las cosas que lograron animarme, venidas de la mano de conversaciones con mujeres sabias, amorosas, confidentes, hermanas de la vida. Tengo a cada una de ellas presente y mi gratitud trasciende este espacio.

Han pasado casi cinco meses desde que mi hija nos anunció que sería mamá, y yo solo quedé en estado de shock, con preguntas sin respuestas, con más terror que mi propio primer embarazo 25 años atrás, con la angustia del nido vacío y la sensación de pérdida infinita.

El tiempo cura casi todo, aclara los pensamientos y nos deja ver la película más clara.

Trabajando en mi necesidad de control, en mi ansiedad por solucionarlo todo rápido, empiezo a entender que esa pequeñita es la vida de mi vida, pero no es mía. Que mi niña ya no es una niña, y tampoco es mía. Que ni todos los cuentos que le conté, ni todas las historias que le actué, ni todas las leyendas que le inventé, las vivió ella, y ahora necesita vivir sus propias historias que contar. Solo espero que me permita ser parte de ellas.


Ahora que no está todos los días junto a mí, ni tan cerca como yo quisiera, me conformo con disfrutarla en ese espacio mágico que logra convertirnos de nuevo en una tribu, solo allí donde vuelvo a ver su sonrisa enorme y sus ojos brillando como la primera vez, cuando su papá la empujaba en una ola y yo la esperaba en la mitad del camino, haciéndole barra, lista para levantarla por si se caía.

martes, 3 de febrero de 2015

Lo que nunca ha pasado, hasta que pasa




Siguiendo en la búsqueda de nuestras aventuras sin olas, apareció en el mapa Bucay y sus famosas cascadas.

Preguntado llegamos, y luego del maduro asado y el acostumbrado regateo con “el señor del arnés”, nos alistamos y empezamos la escalada.

El plan era llegar a la cima, así que empezamos la empinada y tortuosa subida con nuestro guía adelante explicándonos rapidito lo que iría a continuación: Bajaríamos dos cascadas, la primera pequeñita nomás, como para poner en práctica el instructivo flash que acabamos de escuchar, y del cual no recordaba nada,  y perder el terror de ECHAR EL CUERPO PARA ATRÁS, sabiendo que no hay nada de dónde agarrarse, a más del cabito que tienes amarrado; y la segunda cascada si era “un poquito” difícil, decenas de metros más profunda, con el chorro de agua en la cara y el pequeño y simpático detalle de tener que poner el zapato en piedras resbalosas, y no resbalar! A esto le llamamos Rápel.

En este punto ya me arrepentí, y quise bajar por donde subimos, pero no me lo aconsejaron, porque lo más probable era que termine resbalando y cayendo 50 metros abajo sin cuerdita de dónde agarrarme.

Mierda! Tenía que hacer el rápel.

Mi hija y su perfecto rápel

Las primeras en bajar fueron mis hijas, y con los gritos de terror, acompañados de palabrotas que les prohíbo decir, empecé a marearme y sentir que la sangre se me iba a los pies, y aunque me confirmaron que habían llegado sanas y salvas y se les escuchaban las risas y la diversión sin fin, yo sabía con certeza que me iba a arrepentir de esta aventura.

Como debía bajar, con glamour, como la chica de la foto


Llegó mi turno, repitiendo los tips principales en voz alta para no olvidarme de nada: piernas abiertas extendidas, si las cierro me voy de lado; con la mano izquierda me agarro de la cuerda y con la mano derecha doy más cuerda para bajar; poner los zapatos con la suela pegada a la roca, no en puntas ni despegarlos de la roca; siempre lanzar el cuerpo hacia atrás.



Empezó mi descenso, y resultó perfecto. La alegría y la confianza se apoderaron de mí y me dieron la fuerza y seguridad para la siguiente cascada, la tuca, la que me consolidaría como la mamá aventurera y divertida de que me jacto ser. Macro error.

Todo empezó bien, repitiendo en mi cabeza los tips. Pero luego de haber bajado unos 5 metros, mi pie izquierdo no encontró ninguna roca en que apoyarse. El instructor me gritaba desde arriba que así mismo era, que sin miedo me lance nomas, que sentiría el chorro de agua, que más abajito aparecería de nuevo la montaña de piedra, que así mismo es.


Bueno, así mismo no era. Sin piedra donde apoyar mi pie izquierdo, pierdo el balance y me voy de lado hasta quedar debajo del “chorrito” de la cascada, y la desesperación del agua ahogándome me hizo mezclar todas las instrucciones: Cerrar las piernas, darle cuerda con la mano derecha, me sostengo con la izquierda, los zapatos tienen que estar en punta, me hago hacia adelante…!


Como bajé y me quedé, literal
No se cómo, pero quedé literalmente de cabeza, colgada de un solo pie con la cuerda enredada, balanceándome de un lado al otro , mirando 50 metros más abajo los filos de las rocas que asomaban  saludándome. 



Estoy segura que pasé 20 minutos colgada, tratando de enderezarme en vano, maldiciendo no saber hacer abdominales de cabeza, gritándole al “señor del arnés” que baje a salvarme porque me muero, ahogándome con el chorrazo de agua en cada grito, y rogando a todos los Santos que nadie me esté filmando.




Por fin apareció el guía que me agarró con su arnés y bajamos en “tándem”, mientras me repetía una y otra vez que no sabía que pasó, porque nunca les había pasado… y yo solo me le prendía del cuello y le suplicaba que no me suelte!

Cuando toqué el suelo sana y salva, me ovacionaron con aplausos los turistas que se habían amontonado con tremendo escándalo, y decidieron después de eso mejor ir a ver las aves nomás.

Luego del llanto y los abrazos consoladores de mi tribu, me aclararon que solo estuve colgada 2 minutos, que fue mi culpa por mezclar los tips del guía, y que si se me rompía la cuerda seguro sobrevivía porque el estanque era medio profundo.

A la misma cascada no regresaré, pero seguro si a las muchas otras que hay en mi lindo país, total, ¿Qué posibilidades hay de que me pase lo mismo dos veces?


miércoles, 30 de julio de 2014

Viajes y Recuerdos

“Una vez que has viajado, la travesía nunca termina, sino que es recreada una y otra vez a partir de vitrinas con recuerdos. La mente nunca puede desprenderse del viaje”. – Pat Conroy





Hemos ido y regresado al mismo lugar 6 veces los últimos 4 años, y nunca es igual, siempre hay algo nuevo que disfrutar y recordar. Así son nuestras aventuras, con nada planeado, a lo mucho el lugar donde dormiremos, y el resto se va viviendo.

Somos lo que yo llamaría pseudohippies, dormimos casi donde sea, siempre y cuando el baño esté limpio, la puerta del cuarto tenga seguro y las cortinas no sean traslúcidas; y comemos casi lo que sea, siempre que no tenga más de 4 patas ni haga ruido.

Caminamos, nos reímos, nos sentamos a ver el morado del cielo que luego se hace naranja y amarillo, celeste y blanco. Cogen olas, les tomo fotos, salen temblando de frío un par de horas después, y nos tomamos un café.

Mientras caminaba, vi de otro modo las viejas casas abandonadas. Siempre estuvieron allí, pero por alguna razón las vi diferente. Están destruidas, en ruinas, pero las veo hermosas. Me invento historias sobre quienes vivieron allí, cuál era el comedor y cuáles los cuartos, los secretos que compartían, las lágrimas que se secaban, las noticias, las risas, los sonidos y el olor, y quiero guardarlas en mi cámara porque siento que no quieren dejarse olvidar.




Mandela tenía razón: "No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta cuánto has cambiado tú". 

Hace algunos años era todo mas sencillo, hasta en carpa dormíamos, pero últimamente, y sobre todo en este viaje, se nota que los años nos pasan la factura, porque veo que revolotean alrededor de las Tres Marías un poco de galarifos interesados en la conversación y la sonrisita y en pedirles el @ para seguirlas. Me aseguro de que no tienen pelos en la quijada, pero tampoco la voz tiene gallos, así que me intriga saber ¿qué les pasa a estos tipos, por qué le hablan a las bebes? Y mi tonta voz interior me recuerda que las bebes tienen 21 y 18, y que la de 15 parece la mayor de todas. Antes todo era mas fácil.

Aun así tengo la suerte de disfrutarlos a todos, levantándonos a las 4 de la mañana con ganas de empezar la aventura, el viaje en la carretera todavía oscura, poniéndonos apodos, riéndonos de los chistes repetidos de Toñito, oyendo mil veces la canción de turno, que en este viaje fue “Palisades Park”, y cuando la María de 21 me coge la mano en el carro y me dice “Mami, me encantan estos viajes nuestros”, sé que estamos haciendo las cosas bien.







miércoles, 14 de mayo de 2014

Las Cascadas mágicas




La tribu está convencida de que un sábado sin olas es un sábado de excursión, así que desempolvo la Dora que llevo dentro y con mi fiel Botas marcamos una ruta en el mapa. El destino elegido fue “Las 7 Cascadas de Las Hayas”, impactante nombre.

La aventura empezó con un super Bolón de Tere en casa de nuestros compañeros de excursión, y después de quedar llenitos y con el corazón contento, salimos a las famosas cascaditas.

Llegamos a un lugar en donde tuvimos que dejar los carros, nos cobraron $1 a cada uno, le pidieron la cédula al que se consideraba más responsable del grupo, y así, sin recomendaciones, bendición ni nada, nos despidió la encargada.

Empezamos la caminata por un sendero de piedras rodeado de vegetación de un verde increíble, y el sonido incesante de algún bicho invisible. 

El camino se iba poniendo lodoso, y alguien del grupo perdió su zapatilla (sí, fue en zapatillas) la que nos tomó media hora encontrar.  

Reanudado el camino, y luego de descubrir que Botas y yo eramos los últimos del grupo, apuré el paso en los riachuelos, sorteando las piedras resbalosas y mojándonos sin remedio los zapatos.

Luego de media hora de caminata nos encontramos con dos senderos: el de la derecha cruzaba el río, y el de la izquierda nos internaba a la montaña. Los que ya habían ido antes y "conocían el camino”, nos llevaron por el de la izquierda, y a ninguno de nosotros se nos ocurrió acercarnos a leer el letrero que decía clarito: NO SE SALGA DEL SENDERO.


En alguna parte de la empinada subida hacia la copa de los árboles, las piernas empezaron a temblarme, y mi respiración peleaba con los latidos del corazón en la yugular para ver cuál se escuchaba más fuerte. 


Luego de subir durante los minutos más largos de mi vida y ver solo árboles y más árboles, los pilas que iban primero se dieron cuenta de la equivocación y empezaron a bajar porque no era el camino.

Cuando pasaron en fila india todos, y no estaban entre ellos las Tres Marías y nadie las había visto, me dió la blanca, y con ella el ataque de mi imaginación: ¿Y si se fueron por el río y están atrapadas entre las rocas? ¿Y si resbalaron por las cascadas y tienen algo fracturado? ¿Y si las atacó el sicópata del bosque?  Las pulsaciones en mi yugular indicaban que me iba a dar un infarto, así que recordando los consejos de toda abuela, me acosté con las piernas levantadas hasta que la sangre me volvió al cerebro.

Ya en pie, seguí el sendero del río, y pasé por las primeras tres cascadas y no aparecían las Marías.

De pronto atrás mío escuché gritos y por fin aparecieron las tres corriendo como locas! Después de la alegría de verlas, lógicamente vino la respectiva puteada por alejarse del grupo, y finalmente la pregunta ¿Dónde se metieron? Habían subido la montaña durante 40 minutos más, sortearon una culebra y se toparon con dos hombres con rifles (también ven ID y pensaron que serían Los Perversos del Bosque), que amablemente las guiaron por el camino correcto de regreso a las cascadas.




Seguimos entonces más tranquilos caminando con el agua hasta los tobillos, luego hasta la cintura, y por último hasta el cuello, y llegamos a una escalera clavada en las rocas, así que entiendo que debo subir.

No terminaba de agradecerle al buen samaritano que puso la cómoda escalera en medio de la nada, cuando llegué a una empinada pared más alta que la anterior, y sin escalerita!

Entre las raíces, las piedras y las arañas, se asomaban dos cuerdas donde el buen samaritano pretendía que me suba, ignorando mi deplorable estado físico.

Valentonada por el hecho de que todos nuestros amigos ya habían subido (uno de ellos casi 20 años mayor que yo), le hice caso a mi tonta voz interior que me decía: “Vamos, tu puedes”, y empecé a escalar, solo para darme cuenta, en la mitad del trayecto, que no encontraba dónde poner el pie izquierdo para impulsarme con el derecho, y me quedé colgada, con mi amado Botas unos metros más abajo gritándome “Por Dios, pase lo que pase no se suelte!”. Al principio pensé, este hombre me adora, pero luego entendí que en realidad tenía terror de que le caiga encima y lo arrastre directo a una vergonzosa muerte segura


Por fin, luego de las lágrimas y de maldecir a las cascadas y a la vieja de la entrada por no advertirme que tenía que bajar unas 30 libras y rejuvenecer 20 años para disfrutar el paseo, logré subir.

Y allí fue cuando admiré la Séptima Cascada! Todo un paraíso en medio de la nada. 

Me dejé caer en el agua y floté en el mágico momento, pensando en lo bueno que sería vivir allí, hasta que me trajo a la realidad el chorro helado de la cascada que me cayó en la cabeza, y empezó el dilema del regreso.

Por suerte ahora si leí otro letrero que decía “Regreso corto”, y casi rodando por la montaña llegué sin mucho drama. 

Por cierto, 1 kilómetro antes de la llegada, hay una cabañita de unas amables señoras que venden maduro asado con queso, enormes naranjas, y si se pide con tiempo, el mejor seco de gallina.




Regresamos a la casa sanos y salvos, con nuevas historias que contar, más lugares caminados y la riqueza de compartirlo juntos los cinco. Valen la pena los dolores de espalda, las picadas de bichos raros y la ropa encharcada, si al final regresamos todos juntos escuchando “Big Parade” acompañados de un hermoso atardecer. Eso sí, seguimos con gripe.



martes, 24 de diciembre de 2013

Por qué no creo en La Navidad


Ya por el mes de Septiembre más o menos, me doy cuenta que el año se fue volando y que pronto es Navidad. Esto en lugar de alegrarme me deprime, por el tráfico, el gasto, la pelea por dónde pasar tan lindo día, y las pocas ganas que tengo de ver a gente que cree que ese día debo querer verlos.

Y es que gracias a que la religión católica decidió celebrar el cumpleaños de Jesús en esa fecha, y siendo la mayoría de mis conocidos católicos apostólicos y romanos, en Diciembre se llenan de un “espíritu navideño” desbordante, digno de la familia Flanders. Y en este punto es donde me pregunto, si Jesús nace el 24 en sus corazones, en que órgano pasa la adolescencia y sus 33 años de vida??

Veamos, por qué carajo la gente cree que el 24 debe ser amable y los otros 364 días del año está bien ser unos perfectos imbéciles?

- No creo en el vecino que pone lucesitas con música navideña en el pino de su patio, mientras que todo el año parquea el carro al frente de su casa solo por joder al otro vecino con el que tiene pito.

- No creo en la prima que se viste de ayudante de Santa y saca en bandejas de plata el pavito recién horneado, lo pone sobre el mantel brillante engalanado con la más fina vajilla, rodeada de su hermosa familia sonriente para la foto de postal, mientras que todo el año deja a sus hijos almorzando solos porque le fastidian las conversaciones infantiles, los derrames en el mantel y se le pasa la novela que la hace soñar estar en brazos de otro.

- No creo en el chat del colegio, en donde las madres dejan empalagosos mensajes sacados de Google o de algún versículo que jamás entendieron bien, mientras que todo el año son incapaces de devolver un saludo amable, ceder el paso en la fila, o simplemente sonreír.

- No creo en los parientes que esperan que este día la familia pase unida, mientras que todo el año construyen barreras de envidia, críticas no constructivas y egoísmo.

- No creo en los amigos de antaño que cuelgan imágenes y frases en sus múltiples redes sociales, mientras que todo el año han ignorado las preocupaciones, alegrías o miedos de sus contactos, aun cuando se enteran perfectamente de lo que les pasa, precisamente gracias a sus redes sociales.

Así que no creo en la Navidad al igual que no creo en las fiestas de graduación, los matrimonios pomposos, ni las fotos familiares hechas en estudio. 

Por eso, así como dice la canción: "... I Just believe in me, Yoko and me..", solo creo en mi tribu y en mí, porque es mejor emular a Lennon que al estúpido Flanders.

lunes, 18 de junio de 2012

Mi Isla Encantada





Nunca tuve 39 años porque solo cumplo números pares, sin embargo hace un par de días, mientras todos celebraban el día del padre y yo me negaba desde hace tiempo a cumplir los 40, pensé seriamente cumplir por dos años consecutivos, nuevamente 38.

Sin importar la edad, yo ya tenía planeado el regalo que quería: amanecer con la tribu en una isla desierta, cosa que no les hizo nada de gracia, ya que no hemos tenido buenas experiencias en islas.

Haciéndome la sorda con las quejas, empacamos todo lo necesario para acampar en mi isla desierta que ya había localizado en internet, y que estaba segura que sería una aventura divertidísima.

Llegamos al pueblo luego de tres horas y media de un viaje casi saboteado por tres mocosas adolescentes que querían acortar camino en una playa mas divertida. Allí debimos buscar un lanchero que nos quisiera llevar a la isla a esa hora (casi las 7 de la noche), pero lo más difícil fue encontrar una tienda abierta para comprar lo que sería nuestro desayuno del día siguiente, en medio de calles cercadas, cables llenos de papeles de colores, torres de jabas de cerveza y parlantes gigantescos listos para reventar tímpanos por la fechita festiva

Por fin, con carpa, colchones, parasol, mochilas, comida, linterna, leña, celular prestado y tribu, nos subimos al bote que nos llevaría al inicio de una aventura digna de contar.



Luego de 15 minutos de viaje, nos despedimos del lanchero que nos dejó en la isla desierta en medio del Océano Pacífico, con la promesa de regresar a recogernos al día siguiente. Ahora sí, todos felices y emocionados, tratamos por gusto de prender la fogata hasta que se acabó toda la gasolina que nos dieron, así que terminamos armando la carpa de oído.


No sé en qué momento nos quedamos dormidos, hasta que me despertó de golpe una llamada a mi celular a las 12 de la noche deseándome un Feliz cumpleaños. Gracias a esa llamada, pude escuchar unas pisadas alrededor de la carpa y alguien como  tratando de abrir el cierre. Me levanté de un salto para ver a través de la “ventanita” del techo, quien andaba por allí. Casi me muero cuando vi la sombra de un bote frente a nosotros, sin una sola luz, a pocos metros de la orilla.

La situación era esta: 4 mujeres, un hombre y el único objeto de defensa personal, lo suficientemente efectivo para dar un golpe, era una linterna. Entré en pánico, las niñas entraron en pánico, y antes de que me olvide de pensar, usé el celular prestado para llamar a Gary, nuestro único contacto en tierra firme.
Con “la copa rota” de fondo, el celebrado papá alcanzó a contestarme que no me preocupe porque solo eran pescadores en la faena, y cerró.

Tratamos de tranquilizar a las niñas con un “todo está bien”, pero ya no se puede ni hablar en inglés para que no entiendan, ni mentirles al apuro, se han hecho vivísimas. Así que Toñito y yo nos convertimos en los centinelas de la noche, y mientras nos turnábamos para tener chequeado cada movimiento del bote, escuchamos otra vez el ruido cerca del cierre de la carpa. Cuando alumbramos con la linterna, vimos que “algo” le había hecho un horrendo hueco a la carpa y a la funda con el desayuno.

Ahora si estábamos a merced de piratas y animales muertos de hambre. Mi isla encantada se convirtió de pronto en la isla siniestra, y mi imaginación voló hasta vernos en la primera plana de un diario sensacionalista que incluía secuestros alienígenas y vudú, mientras Toñito se arrepentía de haber vaciado la vejiga en el monte, en lugar de marcar territorio alrededor de la carpa, así como aprendió en “A prueba de todo”.
Volviendo a la realidad, pusimos las mochilas alrededor del hueco, y escondimos la comida debajo de los colchones para alejar a lo que sea que quería comérsela.

El por nosotros bautizado narco-bote-fantasma, se fue a las 4 de la mañana, y con la primera luz del día por fin se cerraron nuestros ojos, olvidándonos de las fieras sueltas que se supone solo cazan en la noche.
Nos despertamos a las 8 de la mañana, y luego de revisar que estábamos completos, salimos para descubrir las huellas de algún cuadrúpedo alrededor de toda la carpa.


El hambre nos hizo olvidar la mala noche, y devoramos con ganas las malísimas galletas con queso crema que ni el cuadrúpedo se quiso comer, nos pusimos los snorkels, las aletas, y nos lanzamos al mar.


Vivir estas aventuras los cinco, nandando entre cardúmenes de peces plateados, azules, diminutos, otros enormes, ver el fondo del mar lleno de corales y erizos, mientras los piqueros patas azules revolotean en las rocas y las gaviotas en el cielo, hizo mi cumpleaños número 40 el mejor cumpleaños de mi vida, y un día que recordaremos por siempre.



Porque definitivamente no importa donde estemos, lo que importa es que estemos los cinco.



lunes, 7 de mayo de 2012

Paseo citadino dominguero Vol. 1: La Isla Santay


Al igual que muchos citadinos, nosotros, que tratamos en vano de acostumbrarnos a la vida de ciudad, salimos corriendo cada sábado a la playa. Solo respirar ese aire yodado nos cambia el genio y nos alegra la semana. Peeero, ciertos acontecimientos varios y complicados, que no contaré en esta ocasión, han hecho que nos veamos obligados a cambiar nuestro sagrado ritual, y busquemos playas más cercanas por el día nomás. Eso convierte al domingo en peor día que el lunes, y todos los miembros de la tribu quedan en un estado vegetal profundo.

Así que decidí revisar la carpeta que tengo guardada bajo el título “paseítos citadinos”. Las opciones eran Parque del Lago, La Isla Puná, Yaguachi en Tren, o la Isla Santay. Hicimos una votación en la que todos los lugares empataron últimos, no sé cómo fue posible pero así fue,  así que no me quedó otra que decidir yo. La Isla Santay nos esperaba.

Según la web, sale una lancha desde el Malecón y por $12 por persona (incluye almuerzo y guía) nos lleva a la Isla. Pero como no nos gustan las visitas programadas, ni los horarios, ni los guías, decidimos lanzarnos a la aventura, y buscar a un lanchero en la Caraguay.



Luego de convencer al “Baleado” de prestarle la lancha a su hermano “Beretta” para que nos lleve, nos subimos a lo que serían los ocho minutos más divertidos del viaje. El precio transado fue “su voluntad”. Lastimosamente nuestra voluntad anda estos tiempos bien floja, no por falta de voluntad, así que le dimos seis dólares en billetes de uno para que parezcan más, y todos quedamos contentos.



Llegamos a la Isla, y luego de subir por las escaleras del muelle se acercó a nosotros un grupo de seis personas con camisetas con el logo “ministerio del medio ambiente”. Uno de ellos se presentó como guía turístico, y una mujer dijo que era bióloga. El saludo fue: “Motivo de su visita”. Mi respuesta fue obvia y acompañada de una sonrisa de nerd: “Conocer la Isla”.
La bióloga impaciente, acalorada y algo menopáusica me dice: “Muéstreme su permiso”. No entendí nada, permiso para qué? Le dije que no sabía que necesitábamos algún permiso para  conocer nuestro propio país! Acaso está prohibido venir? Increíblemente ella contestó Sí, al mismo tiempo que el hombre dijo NO. Luego me preguntaron con quien habíamos venido, les dije que con un lanchero de la Caragüay de nombre raro y apodo peor. Me preguntaron cuánto nos cobró, les dije que nuestra voluntad. Y seguíamos bajo el sol sin entender nada.



Finalmente nos aclararon que no era prohibido ir, pero que era necesario hacerlo con los tours dirigidos, porque era peligroso viajar en esas lanchas, y más peligroso era ir a la Isla sin guía, y que la comuna debía estar preparada porque además pronto sería la hora de almorzar. 

En este punto se puso interesante la cosa porque me sonó a Isla encantada, con reductores de cabezas, o caníbales o vampiros. Y pensé que este domingo sí que se estaba poniendo divertido!

Luego de dejarle claro a la bióloga y a los otros cinco uniformados que habíamos ido allí a conocer la Isla bajo nuestro propio riesgo, interesados en el hábitat natural y la forma de vida de sus isleños, sin programación, sin presión y sin dinero para alimentar al guía, no le quedó otra que irse a buscar a quien más molestar.

Y allí empezó nuestro extraño “paseíto citadino”. 




¿Qué es la Isla Santay? Para mí, es una extraña versión de “The Truman Show”. Hay un único puente de madera que conecta las 56 casas entre sí. Ese único camino conduce al punto de partida, y se acabó, no hay nada más.








Si están demasiado aburridos, pueden ir a la cancha de fútbol que también es de volley. El problema es que si se sale de la cancha la pelota, no pueden cobrar la falta, porque se les acabó el juego!



Cuando nos mirábamos todos con cara de “¿Y qué más ah?”, aparece una señora con un chaleco en el que se lee “Ministerio de Inclusión Social”, resulta ser una isleña llamada Elsa. Le digo que es famosa, que la vi en algunas páginas de internet. Nos dice que la comida está lista, que tenemos suerte de que el grupo que iba a ir organizado por....no estoy segura quién se encarga de tan mala organización, canceló a última hora, aunque creo que más suerte tuvo la señora que amablemente nos cocinó, porque le pagamos $20 por 6 platos de un seco de pollo buenísimo, pero que jugaba a las escondidas.


El almuerzo duró menos de lo que nos hubiera gustado, no tanto por el calor infernal que se sentía en esa pequeña casa de madera sobre el manglar hirviendo, sino porque llegaron a comer los desagradables uniformados encabezados por la bióloga. Mientras comían con ánimo de velorio, uno de ellos abrió la boca para torpemente preguntarle a nuestra anfitriona si podía ponerle el seco con pechuga. Ella avergonzada le pidió disculpas por no poder cumplir sus exigencias culinarias.

Nos levantamos de la mesa agradeciéndole a nuestra anfitriona por ser el segundo mejor seco de pollo que he comido, el mejor lo hace Goyita.


A lo lejos se ve el manglar, muchos árboles y plantas, y luego de interrogar a un isleño, descubro que tienen una pequeña escuela y un grupo de cocodrilos que son el único atractivo. Le digo que queremos ir, y aparece Elsa diciéndonos secamente que no podemos porque el agua ha subido mucho. No digo nada, pero no le creo, sobre todo porque estoy viendo perros y gallinas corretear por todos lados sin boyas.




El paseíto llegaba a su fin, cuando conocí de casualidad a Valentín, un amable isleño de sonrisa sincera. Le pregunté si podía llevarnos a conocer la escuelita y los cocodrilos (rara combinación ahora que lo pienso), y nos dice: “Claro, vamos”. No sé de donde pero apareció a su lado Elsa y dice: No se puede, no tienen botas! Valentín contesta: No importa, les prestamos! Y ella con una pelada de ojos le dice: No tengo la llave de la bodega! Y él insiste: Yo tengo en mi casa!

Era tan obvia la situación, que a esta humilde mujer no le quedó otra que decir la verdad: “Disculpe, no es mala fé, de corazón le digo, no es que no quiera llevarlos, es que la bióloga no dio la autorización. Vengan otro día que no estén estos señores”

La verdad me quedé sin palabras, ya no quise ponerlos en una situación incómoda así que decidimos regresar a Guayaquil.



Me parece increíble que esta comuna sea tan manejada por gente extraña a ellos, funcionarios que con una actitud bastante prepotente espantan a los turistas causando un daño directo a los isleños que viven en lindas casitas que parecen de juguete, en medio del río Guayas, aislados de la civilización.

Qué fue lo que tanto les molestó a los biólogos del Ministerio del Medio Ambiente? Que no hayamos pagado los $12 cada uno por el paseo con guía? Y me pregunto: Guía para qué? Para que no nos equivoquemos y entremos en la casa 32 pensando que es la 43 y regresemos por la 12? O para que no nos perdamos en el único camino que hay y que nos lleva de regreso a la lancha?


El “paseíto” no duró más de dos horas y no llenó nuestras expectativas, porque la información que se encuentra en la web deja mucho a la imaginación, por lo menos a la mía. Lo rescatable fue la divertida travesía en la lancha metiendo la mano en el río y bañando a los pasajeros, llegar a una Isla, conocer a su habitantes tan agradables y sonrientes, comer un seco de pollo riquísimo, y conocer un modo de vida tan diferente al nuestro, acostumbrados a verse las mismas caras, caminar el mismo camino y no perder el buen humor. Admirable.








martes, 24 de enero de 2012

El cumpleaños de papá


Siempre he recordado el cumpleaños del Cucho, sin olvidarme sagradamente un solo año, todos los 24 de Enero… hasta hoy.

Y no me hubiera acordado nunca, sino hubiera recibido una llamada a las 4 de la tarde que sonó al otro lado del teléfono, tan bajita que apenas pude entender un rápido:
“llamaatupapáquehoyeselcumpleañossschao”.

Ay Dios! –pensé. Cómo pude olvidarme? Ahora qué hago llamándolo recién a esta hora?. Así que sin pensar mucho en la escusa me decidí a llamar a la casa.

Mi mami me sorprendió contestando con voz melodiosa, fingiendo que no sabía que era yo:
- ¿Alooooó?
- Hola mami
(gritando disque sorprendida) - Ay holaaa mijita, como estás?, a los años! (aunque nos vimos el domingo)
- Todo Bien, aquí llamando a saludar a mi papi por su cumpleaños… es que recién llego del colegio, osea no de matricularlas, sino de ver la lista de libros, osea, no la libreta porque eso es mañana, entonces se me hizo tarde y recién puedo llamar porque estaba descargado mi celular, y cuando llegué se había ido la luz en la casa y se descargó el teléfono inalámbrico, y entonces… Ay no sé, póngame a mi papi por favor!!
- Ah yaaa! Cucho! Cuchooo! Tu hija te llama

No escuché qué le preguntó, pero me imagino que algo así como: “Y por qué me llama recién ahorita?”, porque si escuché a mi mala actriz madre contestar: “ay no sé, es que no tenía teléfono o algo así, bueno contesta”

Entonces lo escuché de buen genio y comencé con esas vainas de “Que viva el quinceañero”, “Y cuántas primaveras es que son?” Como si no supiera que son 69. Así que me contestó: “Son 69, cada vez estoy más cerca del hueco”. Por suerte enseguida hizo uno de sus chistes, algo así como “Ya fui a regar mi terrenito en Parques de la Paz”. Y eso me recordó la absurda alegría de mi santa madre cuando me contó saltando en un pie: “Y fui pues a ver nuestro terrenito, la vista es linda, han arreglado divino el lugar, todo rodeado de plantitas y arbolitos y flores”. Me costó trabajo entender que no estaba hablando de algún terreno en la ruta del sol, sino del nicho que compraron en el Cementerio!! De nada sirve que le haga ver que ella no va a disfrutar ninguna vista ni ninguna plantita! Ella sigue feliz con la adquisición.

Y así fue como le prometí a mi papi que sembraría un arbolito de naranjas en su “terrenito”, para cada cumpleaños tomarme un Screwdriver en su honor con las naranjas llenas de su esencia. Mientras tanto, me esperan en su casa para comer la torta de manzana y nueces que mi mami le hizo con pasas porque no tenía nueces, y un vodka con jugo de naranja, por el momento y espero que por muchos años más, Natura nomás .

Así es esta “familia muy normal…. tararán….”

lunes, 12 de diciembre de 2011

Mucho más que lazos para el pelo





La Cristi llegó un día emocionada con cientos de cintas de colores en la mano a darme la noticia: “ Mami, vas a hacer lazos para venderlos con mis amigas y recaudar fondos para una familia sin casa!”

En la clase les habían pasado un video sobre una familia muy pobre que necesitaba ayuda porque su casa se estaba cayendo. Se les ocurrieron muchas actividades para recaudar fondos, y ese fin de semana harían una feria de dulces y lazos.

Contagiada con la emoción de esta chiquita, tomé un curso express en Youtube, y a los pocos minutos aprendí a hacer lazos de formas y colores increíbles, mientras ella me contaba la historia de la familia: La Sra. Carmen es una anciana que cuida sola a su bebé de 37 años, que no se puede valer por si mismo. Ella sale muy temprano a vender cabezas de pollo en una parada de bus, mientras su hijo la espera en una casa medio destruida. El plan: hacerle una casa segura para los dos y ayudarla en su negocio. 

Cuando llegó el día la acompañé al lugar elegido para la venta. Fue muy divertido ver a estas niñitas de 12 y 13 años con carteles llamando la atención de los conductores y parando los carros con las manos llenas de galletas, tortas, lazos, limonada, y una sonrisa de oreja a oreja que hacía casi imposible resistirse.


Todo fue un éxito, y junto con otras actividades que hicieron, lograron recaudar un total que superó la meta inicial.


Pero no todo terminó allí. La mejor parte llegaría un par de semanas después cuando nos invitaron a formar parte de la construcción de la nueva casa.

Estos son los restos de lo que fue su casa. Los niños no podían creerlo.



Luego los papás bajaron una por una las paredes de la nueva casa.....
.....el techo,

y mientras Andy pintaba, se acercaron los nietos de la Sra. Carmen a ayudar.


cuando por fin subieron a conocer la casa, sus caras de felicidad nos compensaron todo el día de trabajo. Los nietos le decían: "abuelita su casa es enooormeee"



Viendo alrededor de esta casa y escuchando a los nietos de la Sra. Carmen, recordamos que la situación de ella no es muy diferente a la de sus vecinos y familiares. Comparten mucho más que la "vista" de sus casas.





Ella es Mayomi de 2 años, la penúltima de 5 hermanos. Su hermana mayor de 9 años, estaba muy preocupada porque se descuidó y esta pequeñita se manchó la ropa con pintura.



La menor de todos tiene apenas 1 mes, todavía no tiene nombre, y llora sin parar.

Cada uno cuida al que le sigue, mientras sus papás se ganan la vida en un circo, en el número que mejor saben hacer: “la rueda de la muerte”.


Le pregunto a esta joven mamá de 26 años si lleva a sus hijos al circo con ella. Me responde que nunca quisiera que trabajen allí. En realidad yo me refería si los llevaba a "disfrutar" del circo, pero enseguida con su respuesta me quedo pensando que ellos no se divierten, es solo su peligroso lugar de trabajo. 


Antes de irnos, les preguntan a mis hijas: "¿Van a regresar? Queremos volverlas a ver!" Y ellas les responden: "Lo prometemos!"



Para mí, el verdadero logro no fue solamente que esta familia levantó de nuevo su hogar, sino que nosotros creamos lazos tan fuertes que nos recordarán siempre que es maravilloso ayudar a los más necesitados, no solo con bienes materiales, sino con compañía, solidaridad y esperanza.