Un día bueno puede cambiar en un segundo, y depende de cada
uno permitir que se compliquen las cosas y volverse una pesadilla. Yo lo
permití.
Manejaba con un par de pequeños amiguitos en la transitada Urdesa
a la hora pico de la tarde, mientras los instruía en mi buena música y cantábamos felices a todo pulmón.
Pasé el semáforo de la loma frente al Portón, y tuve que
frenar a raya porque los otros carros también lo hicieron. Segundos después, así en la mitad de la calle, con una furia de pitos
y de algunos Muévete-por-tu-valienta-madre,
se bajó un tipillo del carro y se paró delante del mío haciéndome señas para
que vea cómo supuestamente lo había chocado.
Tuve que estirarme del asiento para poder ver hacia abajo, porque el carro en cuestión
era un auto chiquitito y la mía es una camioneta elevada, es decir, no había forma
de haberlo chocado sin violarlo con el parachoques al conductor. Pero
el hombre no se movía, insistiendo que “arreglemos” por el choque invisible.
Luego de convencerlo al subnormal ese de moverse medio metro para
poder subirme en la vereda y dejar pasar a los cien carros que tenía destrozándome el tímpano,
saqué la cabeza para ver alguna marca del choque en el carrito y nada, apenas se veía una rayita de 2 cms. como cuando el
perro se para en la puerta para que lo trepen en el carro, así, y el osado pretendía
convencerme de que eso lo hizo mi camioneta!
Poco amablemente le expliqué que no me iba a sacar ni un
centavo por su farsa, así que mejor no perdiera el tiempo y se mueva, pero en
lugar de convencerlo, hizo algo más increíble. Se acercó a la llanta, restregó varias veces el pantalón blanco hasta ensuciarlo, y metió la punta de su zapato
de chulo debajo, puso los brazos sobre mi capot, como Quico cuando llora contra el muro, y
gritó: Auxilio! Me atropelló! Me aplastó el pie! Policía!
Ante mi cara de indignación y mi pregunta: ¿Qué estás
haciendo animal?, el tipo serenamente me contestó que esperaría al policía y yo tendría que pagarle por los daños del carro y el intento de
asesinato!!
Como esos chantajes no funcionan conmigo, sobre todo por mi
limpio récord en 20 años tras el volante y puntos en mi licencia para canjear
un carro nuevo si fuera posible, y sin prueba alguna de choque, le dejé claro
que esperaría sentada a que llegue el ejército si fuera necesario.
Mi instinto
me dijo que pronto no podría seguir lidiando con eso sola, así que fue el
momento ideal para llamar a Toñito y darle mis coordenadas.
Al ver que no iba a conseguir ni un centavo de mí, se le
ocurrió algo más torcido al infeliz. Sacó a la mujer del carro y la paró alado
de mi ventana, empujándola mientras le ordenaba que me pegue! No sé si fue mi cara de loca con el rímel
chorreado, o haberle gritado con voz de poseída que le iba a pegar a él no a la
mujer, o que en realidad la señora resultó ser más coherente, lo cierto es que me
dijo que no estaba de acuerdo ni con el choque, ni con el intento de homicidio,
ni con la paliza.
Pero fue demasiado tarde, porque ya habían despertado a la
bestia que hay en mí, y mientras me hacía un moño para no darle chance de
mechonearme al enemigo, y mandaba volando por los aires mis gafas y mis anillos
tejidos para no mancharlos de sangre, llegó corriendo en ese momento mi Toñito para
salvarme de estos estafadores.
El tipillo se hizo más diminuto cuando vio a mi héroe de 1.85
volverse loco por la burla que habían montado, por la rayita del carro que
salió con baba, por los dos niños que tenía gritando en mi asiento de atrás, y
por mi llanto que explotó cuando lo vi llegar.
El hombrecillo asustado llamó supuestamente a la Comisión de Tránsito (no sé qué tan común sea tener guardado ese número), y a los 2
minutos apareció un chico de unos 20 años con el disfraz de oficial de tránsito
dos tallas más grande. Nos pidió la licencia y orgullosa se la dí.
El policía nos habló del procedimiento a seguir: Los dos carros en el
canchón durante semanas, abogados, el juez, peritos y testigos, y yo sólo
escuchaba dólares y más dólares, pero estaba decidida a que se lleven el carro y no darle gusto al estafador. Fueron dos palabras claves que dijo el oficial las que acabaron
con el show: Matrícula y SOAT. En ese
instante hubo un silencio total, desaparecieron por 10 segundos todos, menos mi
héroe que me miró con cara de terror y pude leer sus labios cuando me decía con mímica en
cámara lenta: NO HE PAGADO LA MATRICULA NI EL SOAT.
Ahora yo quería matar al héroe por irresponsable.
El tipillo disque chocado tampoco andaba muy derecho, porque se puso pálido, se llevó a mi héroe a un lado, y le dijo que el
arreglo no costaría más de $30 pero aceptó $20, con los que se subió contento a
su carro de juguete y desapareció.
En resumen:
- El adolescente policía nunca hizo ningún parte ni nos obligó a cumplir los procedimientos de un supuesto choque, devolviéndome la licencia y desapareciendo para siempre al ver que le pagamos al cómplice.
- El tipillo estafador nunca sacó su licencia sino la de su esposa que no era la que manejaba y seguramente tampoco era su esposa, motivos suficientes para fregarlo yo a él.
- Ningún ciudadano se detuvo a ayudar, pero si filmaron todo divertídamente, así que no me sorprendería verme en las redes sociales o En Carne Propia muy pronto.
Finalmente, viviendo en este Guayaquil con pillastros por doquier, es bueno saber que sí existen los Superhéroes y están allí para salvarnos cuando más los necesitamos.
El mío no tiene capa ni antifaz, pero sí lo que más me hace falta, Super poderes tranquilizantes de paciencia y amor.
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